Artículo completo sobre Gemieira: donde el Lima dibuja lagunas entre viñas
Entre marismas y viñedos, la parroquia de Ponte de Lima que se niega a desaparecer
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El aire húmedo de la mañana huele a tierra apisonada y a hierba que el tractor del señor Joaquim acaba de segar. A orillas de las lagunas, la niebla se levanta como humo: es el aroma de los carrizos que se tuestan al sol. Las garzas despegan despacio, con esa pereza de quien conoce el sitio como la palma de la mano. Gemieira despierta a trompicones, al ritmo de las aguas que le han marcado la existencia: vegas que el Lima inunda cuando le apetece, dejando un barro generoso para el maíz y las patatas.
La parroquia cabe en una mano: cuatrocientos hectáreas, setenta y ocho metros de altitud, nada más. Seiscientas dos personas; de ellas, ciento cuarenta y tres ya tienen edad de cobrar la pensión en la Casa do Povo. Los niños suman setenta y nueve: justos para una escuela unitaria que cierra cada dos cursos. Aun así, hay quien se queda: quien trabaja en Ponte de Lima, quien se escapa al Porto el fin de semana, quien se aferra a las viñas como quien abraza a un pariente viejo.
Donde manda el agua
Las lagunas de Bertiandos son lo que quedó cuando el Lima decidió cambiar de cauce. En invierno se hinchan y parecen mar: hay días en que los ánades frisones dan más guerra que la parroquia entera en la taberna. En primavera, el reflejo de los chopos es tan limpio que se ve la panza de las nubes. Caminar por ahí es tantear el terreno: el suelo es esponja, hay huecos donde la pierna se hunde hasta la rodilla. El silencio es otro: un silencio que cosquillea, el que te obliga a toser solo para comprobar que aún tienes voz.
El agua que mantiene las lagunas es la misma que baja de las viñas. Las cepas están clavadas a los postes como mantillas viejas: unas en espaldera, otras en parra, según la pereza del dueño. En agosto, el viñedo huele a zumo a punto de reventar. La vendimia es una carrera: mujeres de sombrero de paja, hombres con cuchillo en el cinturón, críos que roban uvas antes de entrar en clase. El vino es verde de verdad: agrio como un limón, ligero como agua de pozo. Se bebe en vasos pequeños, con altramuces y conversación de huerto.
Tres fiestas, tres excusas para comer
La Senhora da Boa Morte —vaya nombre, Dios mío— es en agosto. El Señor da Saúde, en septiembre, y el Señor do Socorro cuando ya pasó la romería de San Benito. Son tres domingos en los que la aldea engorda: chorizo de cerdo casero, hecho el día de San Martín del año pasado; salpicón que José Manuel ahuma en la chimenea durante tres semanas; carne de Barrosã que don Albano trae de Lamaçães —no es del Barroso, pero la grasa está donde tiene que estar. Las mesas se alargan bajo las pérgolas de la festa, los nietos se atiborran de natillas hasta que les duele la tripa, y siempre hay un tío que entona «Ó Minho, Minho meu» tras el tercer copa.
El único monumento catalogado es la cruz de piedra junto a la iglesia: un santo desgastado por la lluvia y un nicho donde las velas se apagan con el viento del Lima. Gemieira no tiene castillos ni conventos, pero tiene el Camino. Los peregrinos pasan con las mochilas danzando, preguntan dónde se bebe agua, y les señalamos la fuente de la plaza: agua de nacimiento, fría como el desdén de una suegra. Hay ocho casas de turismo: antiguas eras convertidas en habitaciones con calefacción, donde se sirve pan de millo con dulce de calabaza y se habla del tiempo como si fuera noticia.
Cuando el sol se pone tras las lagunas, el agua se vuelve dorada como la miel de don Antonio. La garza real se queda quieta, una estatua de ojos de cristal. A las seis campanadas, la campana de la iglesia recuerda que es hora de cenar: el sonido se pierde entre los chopos, como quien no quiere molestar. Gemieira no pide nada, solo deja estar. Quien para, se queda. Quien se queda, entiende que el tiempo aquí es como el Lima: va despacio, pero va entero.