Artículo completo sobre Labrujó, Rendufe e Vilar do Monte
Empedrado romano, molinos secretos y la broa de María: así se vive en el interior de Ponte de Lima
Ocultar artículo Leer artículo completo
El empedrado romano emerge entre las zarzas, pulido por siglos de pisadas y lluvia; pero es el granito liso bajo los pies descalzos de los niños en julio lo que más recuerdo. La Vía XIX de Antonino, ese tramo que los libros llaman visigoda, para nosotros es simplemente «el camino de Vilar», donde los tractores de la cooperativa aún hacen crujir los engranajes cuando bajan con los cubos de leche. A tres aldeas las juntaron en 2013, pero el frío que sube del Lima no entiende de fronteras administrativas: se cuela por las rendijas como siempre, haciendo crujir la madera de las casas donde aún se enciende la lumbre cada día.
Piedra, agua y promesa
El puente de Vilar do Monte no necesita planos de 1590: basta con oír el eco de las botas sobre la piedra al caer la tarde para saber que allí siempre ha pasado algo. Los chavales aún se atreven a saltar desde el pretil al Cabrão en junio, cuando el agua baja y deja al descubierto las huellas de los rodillos de los tractores que pasaron durante la recolección del maíz. Los molinos del camino no son solo cinco: son el del tío Zeca, donde la abuela llevaba a moler el centeno; el de la Ribeira, donde se escondían los fardos de contrabando traídos de Galicia; el del Carrasco, que aún muele para la fábrica de María, que hace broa para vender en Ponte de Lima.
En la iglesia de Labrujó, el retablo dorado no brilla solo a la luz de las velas: brilla con el sol de las cuatro de la tarde del domingo, cuando entra por la ventana lateral y hace que los ángeles parezcan vivos. Los mojones de couto siguen ahí, sí, pero es el suelo irregular de la nave lo que marca de verdad el territorio: cada peldaño desgastado por siglos de rodillas. La capilla de la Señora de la Buena Muerte huele a cera caliente y a flor de ramo de iglesias en agosto, cuando la romería convierte el atrio en un mar de mesas de plástico blanco y las mujeres reparten la sopa en cuencos de barro que queman los dedos.
Carne, castaña y Loureiro
La carne Barrosã no llega a las mesas: nace en los corrales que se ven desde la carretera, donde los bueyes pastan con cencerro al cuello. El cabrito de Labrujó lleva exactamente el tocino de la panceta del cerdo que se sacrificó en enero; la menta sale del bancal detrás de la casa, donde la abuela sigue plantando según la luna. En el horno comunitario de Rendufe, el pan solo se hace los sábados: hay que levantarse a las cinco para tener sitio en la cola, y llevar la leña seca de alcornoque que Zé guarda desde el año pasado. El vino Loureiro no tiene aroma cítrico: sabe a tierra que el padre removió con la azada antes de plantar, y huele a heces que se quedan en los vasos después de cenar.
Lagunas, robles y el Camino Central
El corredor ecológico es donde los críos van a cazar mirlos con arco de caña: no saben que es Monumento Natural, saben que en las lagunas hay percebes en las piedras cuando la marea sube el Lima. El mirador de la sierra es donde se va a hacer el amor en el coche de los padres, aparcado entre los robles que dan sombra suficiente para esconder los cuerpos. Los peregrinos del Camino Central paran en el bar de Vítor a pedir agua, pero se quedan por el pastel de nata casero que hace su mujer los miércoles: nunca saben que la receta viene de la madre, que era de Fátima y trajo el secreto en el bolso de mano.
Cuando llega enero, las Janeiras no son cánticos: son Joana y Miguel, que ensayan para el concurso del colegio y llevan la vieja guitarra del abuelo para tocar Adestes Fideles de puerta en puerta. La densidad de población no dice que Antonio vive solo en la Quinta do Cabo, sino que tiene tres perros que le hacen compañía y que la hija le llama cada día desde Francia. En el castro romano, donde las monedas están guardadas en el museo de Ponte de Lima, el viento trae el olor a tierra mojada que siempre me hace volver: no por la historia o el patrimonio, sino porque ahí es donde mi abuelo plantó patatas todos los inviernos, y donde mi madre aún va a poner flores en su tumba, cada semana, sin falta.