Artículo completo sobre Refóios do Lima: donde el granito guarda secretos
Entre lagunas protegidas y viñedos en bancales, el aldehuelo minhoto sabe a vino de mesa y a camino
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El granito que no se da por vencido
El granito de las casas viejas retiene el frío de la noche hasta bien entrada la mañana: es como tener un invitado que no capta que la fiesta se acabó. En Refóios do Lima, a 285 metros de altitud, el aire llega suavizado por la cercanía del río y de las lagunas que dibujan el sur del paisaje. En los mapas figuran como Bertiandos y São Pedro de Arcos, pero quien vive aquí las llama, llanamente, «las lagunas». Son Monumento Natural, lo que se traduce en gente de Lisboa que aparece con teleobjetivo para retratar aves y luego pide en el bar un galão como si tal cosa.
Dos rutas jacobeas se cruzan en la parroquia: el Camino Central y el del Este. Los peregrinos llegan con la cara de quien ya lleva veinte kilómetros en las piernas y preguntan por un sitio para comer. No hay albergue —«eso es en Ponte de Lima»—, pero hay diecinueve posadas: casas de familia, habitaciones que doña Alda alquila desde que su hijo se marchó a Francia, un antiguo pajar rehabilitado que huele a madera nueva.
Las fiestas son tres: la de Nuestra Señora de la Buena Muerte, la del Señor de la Salud y la del Señor del Socorro. Parecen muchas, pero solo reflejan que hay quien necesita más avales divinos que otros. Somos mil novecientos setenta y ocho habitantes, seiscientos ocho mayores y ciento noventa y seis jóvenes —haga usted la cuenta y no diga que no se lo advertí.
Lo que se ve desde la terraza
Desde la terraza del café el paisaje se despliega en bancales de vid que parecen una escalera para gigantes, maíz que se balancea al viento y, al fondo, las lagunas donde las garzas hacen lo que les place. Hay senderos señalizados, pero lo mejor es seguir el olor a eucalipto y el rumor del agua. Lleve gafas de sol: no para ver mejor, sino para parecer que sabe a dónde va.
Vino Verde sobra, pero aquí se bebe el de la cooperativa: no es para turistas, es para la mesa. La carne Barrosã llega de la Quinta do Prego o de José Manel, depende de quién haya sacrificado el toro esta semana. No hay carta: hay lo que hay. Si no le apetece, siempre queda el café de la carretera con su tostada de jamón y queso.
Tres iglesias y un terreno en venta
Tres monumentos catalogados, todos iguales: iglesias de granito que ni el tiempo mueve, con tumbas al lado donde se leen apellidos que siguen vivos en los papeles de la junta parroquial. La densidad de población es de ciento veinte personas por kilómetro cuadrado, cifra que suena a mucho hasta que uno comprende que aquí el kilómetro cuadrado incluye pedregales, matorral y el solar de Joaquim, en venta desde dos mil tres.
Al caer la tarde, cuando el sol se esconde tras la sierra del Soajo y las sombras se estiran por los campos, el valle queda en silencio. Es el momento en que se entiende por qué quien puede, se queda. Y quien se queda, no cambia esto ni por nada.