Artículo completo sobre Sá: campanas, barro y fiesta entre brezos
En Sá, la campana marca el día, el maíz se riega por levada y tres fiestas llenan el aire de sardinas, dalias y cera.
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El sonido de las campanas —las de Sá, no las de la colegiata de Ponte de Lima— se extiende por el valle como si el metal fuera chatarra. Tres golpes secos, pausas irregulares, otros dos. Nadie mira el reloj: cuando la campana toca a las siete, se sabe que el cura ha vuelto a retrasarse. La iglesia está en la cresta del cerro, pero su voz baja de inmediato a la Nacional, se cuela por la Calle del Crucero y se pierde entre las zarzas que tapan el Lima.
Entre lagunas y atajos
Quien llega de fuera cree que las lagunas están aquí; no es cierto. Están dos parroquias más abajo, pero el viento trae hasta Sá el mirlo acuático y el olor a turba. Lo que hay aquí es la levada que riega el maíz y el tufo a caballo mojado cuando la niebla sube del río. Los peregrinos bajan la carretera, preguntan «¿Queda lejos Ponte de Lima?» y escuchan «Giren a la izquierda en el Crucero, luego todo recto». Nadie les habla de los atajos: van embarrados y llenos de perros guardianes.
Tres fiestas, tres olores
En agosto la Virgen de la Buena Muerte baja de la capilla de Lanheses y duerme en la sacristía de Sá. La noche anterior el atrio huele a gasolina de los grupos electrógenos y a sardinas asadas. El domingo, tras la procesión, las mujeres sirven caldo verde en cuenco de barro y el vino se saca del tonel de roble que Antonio guarda en el pajar. En septiembre toca el turno al Señor de la Salud: lo traen desde Refóios do Lima en un tractor cubierto de dalias. La banda entona el Hino da Carta desafinado; los chavales beben cervezas detrás de la iglesia y lanzan cohetes bajo los brezos. La tercera fiesta, en octubre, es la más pequeña: diez velas, un cántico entonado por tres señoras y el olor a cera que se te pega al abrigo durante días.
Piedra y barro
Las casas no son solo granito: son granito mezclado con barro, revoco desconchado, hierba creciendo en las juntas. Los ventanales son pequeños, no por defensa: el cristal era caro y el sol de julio quema el lino. La pizarra sirve para marcar los límites de las parcelas; se apila sin argamasa, se derrumba con el primer chubasco y vuelve a levantarse a la mañana siguiente. Cuando el sol aprieta, la piedra despide un olor a polvo y a huevo cocido —el mismo que despedían las manos del abuelo después de martillar la hoz.
Lo que no hay
No hay cafetería. La había, en la esquina de la Calle de la Iglesia, pero cerró cuando doña Amalia falleció. Ahora se toma el café en casa de José do Pipo, que tiene la máquina de cápsulas traída de Francia. No hay supermercado: el pan llega los miércoles y sábados, en una furgoneta desconchada que toca la bocina dos veces. No hay farmacia, ni cajero, pero sí el Correos, que abre cuando el señor Brito tiene tiempo —a veces a las diez, a veces a las tres. Quien necesita gasolina va andando hasta la Quinta do Freixo, llena un bidón de cinco litros y vuelve con el olor a gasóleo en los dedos.
Lo que aún queda
Aún se siembra maíz para el galo de basto, aún se guarda el grano en el hórreo de madera que cruje cuando el viento es del norte. Aún se ahuma en la bodega, con leña de madroño que echa humo azul. Aún se oye el ganado mugir a las cinco de la madrugada y el perro del vecino ladrar a la luna. Aún se va a misa los domingos solo para cruzar unas palabras, porque el cura se ha jubilado y ahora viene un sustituto que no sabe los nombres de los muertos.
Cuando el sol se pone tras los cuernos de Santigões, el valle tiñe de óxido. No suena la última campana: es el murmullo del Lima el que se impresa, girando las piedras que nadie ve. En la cocina de cualquier casa cruje la leña, se suelta el aroma del arroz con alubias y del chorizo casero que aún sangra en el centro. No se fotografía esto; no se comparte. Se guarda en la memoria de los dedos que parten el pan y en la lengua que aún sabe el sabor de la sal de Sá.