Artículo completo sobre Campos y Vila Meã: donde el Miño susurra
Bañate en la playa fluvial, escucha la campana del 92 y huele la leña entre campos
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El olor a leña quemada se mezcla con el frescor húmedo de la tierra junto al Miño. A orillas del río que dibuja la frontera con Portugal, la playa fluvial de Vila Meã se extiende bajo un sol que hace brillar el agua quieta entre las piedras. En la lejanía, el zumbido discreto de un avión ligero rasga el silencio —pero es mentira. El aeródromo de Cerval, justo al lado, alberga más aves que aviones. La pista está cubierta de hierbas y las únicas alas que surcan aquel cielo son las de las cigüeñas que han anidado en el poste de alumbrado. Esta es la Unión de las parroquias de Campos y Vila Meã, un territorio de 875 hectáreas donde el río marca el ritmo y la industria convive con la memoria medieval.
Dos aldeas, una historia compartida
Campos y Vila Meã nacieron separadas —la primera fundada en 1255, la segunda quince años después— y vivieron siglos una al lado de la otra antes de unirse oficialmente en 2013. El nombre de Campos viene del latín campus, evocando los campos abiertos que aún hoy dominan el paisaje agrícola. Vila Meã, por su parte, guarda en su nombre su condición medieval de “vila intermedia”, punto de paso entre el río y las sierras del interior. El vestigio más antiguo de esa presencia religiosa está en la Capilla de Santa Luzia, erigida sobre los cimientos del Monasterio de Santa María de Valboa, cuya memoria se celebra cada año el 26 de diciembre, cuando las velas iluminan el interior encalado de la capilla. Es noche de mucha gente, mucha conversación, y muchos pastelitos de hojaldre que las mujeres van calentando en el horno de la iglesia.
Piedra, campana y cruceiro
La Iglesia Parroquial de Campos, dedicada a San Juan Bautista, se alza en el centro de la aldea con la sobriedad típica de la arquitectura religiosa minhota — gruesos muros de granito, torre campanario que marca las horas sobre los tejados de teja. La campana es de 1892 y tiene una grieta que produce un sonido apagado, como si tosiera. En Vila Meã, la Iglesia de San Payo responde con su propia geometría de cal y piedra, acompañada por un cruceiro que atestigua la devoción antigua. Estos templos no son solo hitos en el mapa: son puntos de encuentro, refugio en las tardes de lluvia, escenario de las fiestas que aún reúnen a la comunidad. La Zona Industrial de Campos, por contraste, aporta movimiento y empleo —pero es la fábrica de Gimonde la que manda aquí. Son 400 trabajadores que llegan por la mañana temprano, con los coches aparcados en el arcén porque el parking siempre está lleno.
Lamprea, sável y el sabor del Miño
La gastronomía aquí no se desliga del río. El arroz de lamprea —plato que exige paciencia y técnica, cocinado con la sangre del pez que remonta el Miño en primavera— es presencia obligada en las mesas de Campos y Vila Meã. En la Taberna do Minho, Zé Manel lo prepara los viernes y siempre hace falta reservar. El desmigado de sável, con sus espinas finas y la carne delicada, divide opiniones pero nunca deja indiferente. Los rojões, fritos en manteca de cerdo con ajo y colorante, calientan los días fríos de invierno, mientras el sarrabulho y los embutidos de cerdo mantienen viva la tradición de la matanza. La mujer del señor Alfredo, en la casa junto a la gasolinera, aún hace morcilla con sangre de cerdo y hojas de laurel del huerto. Todo ello acompañado de vino verde, el blanco fresco y ligeramente efervescente que nace en las viñas de la región y que pide ser bebido a la sombra, con el Miño corriendo al lado.
Fiestas que marcan el calendario
El calendario festivo organiza el año. El 20 de enero, las fiestas concejiles en honor a San Sebastián reúnen devotos y curiosos. Es día de bolo de São Sebastião en la panadería —masa de naranja con un grano de alubia dentro. Quien lo encuentra paga el bollo. Los días 23 y 24 de junio, Campos celebra a San Juan con hogueras, música y comida y bebida que se alargan hasta la noche. Los chicos aún van de casa en casa pidiendo el “bolo de San Juan” —no es ningún bollo, son huevos, harina y aguardiente que la gente da para que ellos hagan la fiesta. En Vila Meã, la gran fiesta es el 5 y 6 de agosto, en honor a San Payo —procesión solemne, verbena hasta tarde, mesas puestas al aire libre. El quiosco de música es el mismo hace cincuenta años, pero ahora tiene luces LED. Son momentos en los que toda la parroquia se reúne, en los que el tiempo se mide en conversaciones y no en horas.
El río como horizonte
El paisaje ondula en campos verdes y manchas de bosque, pero es siempre el Miño el que organiza la mirada. La zona de ocio de Moutorros, junto a la margen, ofrece mesas de picnic y sombra de árboles donde las familias se instalan los domingos. Los críos juegan al fútbol descalzos, los padres hacen sardinas a la brasa, y siempre hay un abuelo que dice que aquello era todo carrizal antes del embalse. Los senderos pedestres suben y bajan, revelando miradores desde donde se avista la línea azul del río y, al otro lado, las colinas gallegas. El Camino de la Costa, variante portuguesa del Camino de Santiago, atraviesa estas tierras —los peregrinos pasan con las botas sucias de polvo y las mochilas a la espalda, rumbo al norte, llevándose la imagen de este territorio donde el agua y la tierra se tocan sin prisa.
El sonido de la campana de San Payo atraviesa los campos al atardecer, mezclándose con el motor lejano de un tractor y el murmullo constante del río. Es ese sonido triple —campana, máquina, agua— el que se queda en la memoria de quien pasa por aquí.