Artículo completo sobre Mentrestido: el pueblo que huele a granito y vino verde
A 177 m entre viñedos y el Miño, 273 almas celebran San Roque con sardina de Caminha
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El granito de los muros se calienta como la tapa de la cocina de mi abuela: despacio, pero para todo el día. Mentrestido está ahí mismo, a 177 metros, pero lo que importa es que desde Vila Nova de Cerveira son quince minutos de curvas sin un solo hueco para mear. El papel dice que somos 273 almas. En la práctica, 87 ancianos que aún trotan a la misa de las diez, 26 críos que solo se ven los fines de semana y el resto que se perdió entre cálculos.
Camino y piedra
El Camino de la Costa pilla por aquí como quien entra en un bar, pide un café y se va. Los peregrinos suben la calzada, miran el móvil, preguntan si queda lejos. Dos edificios con placa de la Dirección Regional de Cultura —la iglesia de San Juan Bautista y la capilla de San Sebastián— les sirven de excusa para quitarse la mochila y respirar. El granito va cambiando de color como la camiseta del Sporting: gris mojado en invierno, casi blanco en agosto. Si te fijas bien, aún se ve la marca del cincel del cantero que trabajó aquí antes de marchar a Brasil en 1953.
Vinho verde y fiesta
Las viñas son esas parcelas que tu abuelo llamaba «tierras de abajo» —miran al norte, así que el vino sale más ligero que el de la vega. No hay bodegas con enólogo; está el señor Armindo, que te llena una botella de dos litros por tres euros y te regala un ramo de perejil. Para dormir hay dos casas: la de Laura —que era de la abuela y conserva los azulejos de la fábrica de Valadares— y la de José Manel, que te prepara el desayuno con pan de fiambre y te deja llevar el café en la taza.
Las fiestas son tres: San Roque en agosto, San Juan con hoguera la víspera, y San Sebastián en enero —esta última solo para los de aquí, porque hace un frío que pela y los forasteros tienen más juicio. En los días buenos, la población se triplica. El quiosco es el mismo desde 1987; solo cambiaron los postes porque la madera estaba podrida. La sardina es de la lonja de Caminha, pero la asa el Silva con una barbacoa hecha con un tambor de lavar.
Lo que queda
Cuando arranca el último coche, queda el olor a leña y el perro del señor Albano ladrando a la luna. Las piedras de la fuente siguen verdes, pero es musgo de verdad, no ese plástico que ponen en los centros comerciales. Si vuelves dentro de veinte años, Armindo seguirá en la terraza de la pastelería —ahora ya no hay terraza, tiene dos sillas de plástico y una mesa de camping— diciendo que el mundo se ha perdido. Y será verdad, pero Mentrestido seguirá ahí, terco como el musgo, recordándonos que hubo un tiempo antes del tiempo.