Artículo completo sobre Sapardos: el pueblo que se queda en silencio
En la sierra de Vila Nova de Cerveira, 330 casas y un valle que traga el sonido
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La campana de la ermita dobla dos veces: primero fuerte, luego más apagada, como dudando. El sonido trepa por el valle y baja otra vez, raspando las lajas de pizarra antes de perderse en el Miño. No es el bronce lo que se oye, es el silencio que deja atrás. A 260 metros de altitud, el verde del Minho no se despliega en capas de postal; se amontona, se arremolina, se encoge de frío cuando la noche cae de golpe. Sapardos son 330 viviendas que no siempre coinciden con los 330 vecinos: algunos solo aparecen los fines de semana, otros no han salido nunca pero ya viven en otro sitio.
La ruta de los peregrinos
La calzada no es irregular: está deshecha. Los cantos sueltos se desprenden bajo los pies, ruedan hacia el charco, y el Camino de la Costa sigue adelante como quien no quiere la cosa. No hay albergue, está la casa de doña Amélia, que deja el pilón en la puerta para quien quiera lavar la camiseta. No hay señales, hay una tapa de váter pintada de amarillo con una flecha clavada en el eucalipto. El que pasa por aquí no lleva credencial, lleva granos de madroño regalados por un hombre que no explica por qué; solo dice «vayan con Dios» y vuelve al tractor, dejando el motor al ralentí mientras el ladrido de los perros marca el compás de la vuelta.
Devociones del calendario
Hay tres fiestas, pero solo dos tienen orquesta. La de San Juan es en la aldea de al lado, pero el humo de la sardina llega hasta aquí, pegado a la ropa tendida. En agosto, la ermita de San Roque se abre de par en par y el cura de Gondarém trae la imagen pequeña porque la grande no cabe en el maletero del Renault 4L. Los puestos son tablas apoyadas en cestas de plástico: se sirven bocadillos de lomo de cerdo casero, salsa de pimentón casera, mano de la Laurinda que se acaba antes de que ella misma se siente. Nadie baila; se charla de espaldas al kiosco, porque el sol de la tarde calienta la pared del aljibe y ahí es donde se está bien. Cuando acaba el concierto, el silencio es tan exacto que se oyen las bombillas consumirse.
Paisaje viñático
Las viñas no crecen en parras altas: crecen donde el granito dejó un rasgón de tierra. El alambre es de bicicleta, la estaca es madera de castaño que revienta con el primer vendaval. En septiembre, la vendimia empieza a las seis para acabar antes de la misa de las once; se lleva pan de millo en el bolsillo, se bebe vino blanco que aún está fermentando y arde más que la orujo. No hay bodegas: hay botellas de plástico de dos litros que pasan de mano en mano y vuelven llenas si el invierno es suave. El vino sabe a tierra, a hilo de cobre, a pereza de quien no riega a tiempo.
Lo que queda
La densidad es de 49 personas por km², pero el viernes por la noche baja a menos de treinta. Los 24 jóvenes son ahora 19: uno se fue a la OTAN, otro a la cárcel, tres a la construcción en Francia. Los 130 mayores no son cifra: son nombres que se repiten en las tumbas: Pizarra, Granito, Pizarra otra vez. A las cuatro de la tarde, cuando pasa el autobús escolar y no para, la aldea entera respira a la vez, un resuello largo que huele a leña verde y a ropa que no se secó.
Cuando la luz rasante ilumina la ladera, no es dorada: es color de teja vieja, de pan quemado, de cuero de zapato. Lo que se queda en la memoria no es el crujido de la verja: es el eco que despierta en el pozo de la cancela, un sonido hueco que tarda su tiempo en morir, como quien no acaba de decidirse a irse.