Artículo completo sobre Castedo y Cotas: bellotas, silencio y vino
União Castedo y Cotas, Alijó: pasea entre castaños milenarios, rabelos dormidos y calles que saben a jeropiga y aceituna fermentada.
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La madrugada huele a tierra mojada y a humo de encendida. En Castedo, la campana de la parroquial no “resuena”: suena como una copa de cristal rota, aguda, que todos identifican sin verla. En Cotas el silencio pesa; sólo se oye el golpe del picaporte de Adelino contra el marco, porque el viento de levante aún no ha aprendido a cerrar la puerta. El aire trae el dulzor de unas naranjas que nadie riega desde hace años y que, sin embargo, siguen naciendo agridulces, y la acidez de las aceitunas que fermentan en la cesta de Norberto, a la vera del camino.
Dos lugares, una memoria
La unión oficial es de 2013, pero quien vive aquí sabe que el Douro las juntó mucho antes. Castedo debe su nombre a los castaños que hoy sólo sobreviven en el lugar das Devesas; quedan tres, enfermos, pero aún dan bellotas que Dª Odete aprovecha para hacer jeropiga. El «Porto Pequeño» ya no tiene muelle, sólo una rampa de pizarra resbaladiza hacia el río donde los nietos de los rabelos guardan las redes. En Cotas, la historia de huir de los moros pasó de abuelos a nietos como quien entrega una llave: nadie sabe la fecha exacta, pero todos saben que se escondía en el parche alto donde hoy hay una ruina de muros finos y zarzas florecidas dentro.
Piedra, cal y devoción
La parroquial de Castedo perdió el dorado del altar mayor por la humedad, pero el techo de artesonado aún guarda el olor a cera de abeja con el que el sacristán lo frota todos los Miércoles Santo. La custodia, cuentan, llegó en el bolsillo de un tunelador entre pipas de vino; pesa lo bastante para que dos hombres tropecen al llevarla. En Cotas, la imagen de Santa María, traída «en barco y de rodillas», mide menos de veinte centímetros pero hace llorar a quien le pide lluvia. La Romaneira aún vende vino en pipas de 550 litros; El Síbio tiene la lagar cubierto de abedules y El Roncón guarda toneles más viejos que el tractorista.
Calendario de romerías
San Juan trae el olor al albahaca y el humo de las sardinas que se hacen en lata de aceite cortada. Nuestra Señora de los Dolores, en julio, es el día en que se prueba la bola de carne antes de meterla en el horno comunitario: si la masa se abre, el año será de cosecha escasa. San Andrés, en Cotas, es sinónimo de castañas peladas en el brasero de la plaza de losas; el 8 de diciembre, Nuestra Señora de los Dolores se repite, pero esta vez se lleva bolo de castaña a la misa de las siete de la mañana, porque el día es tan corto que el sol sólo entra en la iglesia a las diez y media.
Sabores de la tierra y del río
La bola de carne lleva pimentón de la casa de Xico, que lo muele en el molino de agua que aún funciona porque la acequia no se seca. La alheira pasa tres días en el ahumadero de castaño; cuando cae la primera helada, está lista para enrollarla en pan caco y comerla junto a la lumbre. El cabrito va a la brasa con sólo sal gorda y una rama de romero que se arranca del suelo seco a la puerta de la bodega. El bizcocho de Celeste se batió con cuchara de madera: necesita 45 minutos de golpes, contados por el cántico del criollo que va rezando de memoria. El aceite nuevo, aún turbio, se sirve en botellas de cerveza lavadas y sabe a pimienta y a hoja de olivo molida.
Caminos entre viñedos y olivares
Desde el mirador de Santa Marinha se ve la línea del tren que nunca para allí: es una raya negra que surca la sierra al otro lado y recuerda que el mundo sigue. El descenso al Douro se hace por un corrijo de pizarra donde las piedras crujen como dientes postizos; los jueves, José de las Traseiras lleva al burro cargado de uvas moscatel que él mismo pisa en el lagar descalzo. En el monte de la Cerca, el castro es sólo un montón de piedras ovalado, pero los niños encuentran tachuelas de bronce que usan para rayar en el barro. Quien llega a La Romaneira prueba primero el blanco seco, luego el tinto de 2012 que aún trae en la boca el año en que todo se heló en mayo.
Al atardecer, la luz anaranjada se pega a la pizarra como aceite a la sartén. El silencio es tan denso que se oye el salto de la trucha en el Douro, allá abajo, y el crujido de la puerta de Adelino, que el viento de poniente ya sabe cerrar. Es en esa hora —sin gente, sin prisa— cuando Castedo y Cotas se recogen dentro de sí, pequeños como el gajo de una naranja que cae al suelo e impregna toda la noche.