Vista aerea de Pegarinhos
DGT - Direcao-Geral do Territorio · CC BY 4.0
Vila Real · CULTURA

Pegarinhos: vino sin etiqueta en el Douro

Pueblo de menos de 400 almas donde la uva se pisa a mano y la campana marca el día

394 hab.
543.9 m alt.

Qué ver y hacer en Pegarinhos

Productos con Denominación de Origen

Fiestas en Alijó

Julio
Festa de Vilar de Maçada em honra do Senhor Jesus da Capelinha Segundo fim-de-semana festa popular
Agosto
Festa em honra de Nossa Senhora dos Aflitos Dias 23 e 24 festa popular
Festas em honra de Nossa Senhora da Piedade Dias 23 e 24 festa popular
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Pueblo de menos de 400 almas donde la uva se pisa a mano y la campana marca el día

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La campana de la iglesia de San Pedro dobla a media mañana y el sonido baja como quien desciende la calle principal —la misma que cuenta con dos casas de muro nuevo y tres con la puerta cerrada desde 2003. Aquí, a 544 m de altitud, Pegarinhos se extiende por casi 19 km² de laderas que parecen escalones trazados con prisa, donde menos de 400 personas conservan un modo de vida que resiste mejor al WhatsApp que al paso del tiempo. El aire huele a tierra removida y, en otoño, a mosto que fermenta en los lagares donde el Zé do Carmo aún golpea con la mano el tino para ver si está en su punto.

Pegadas en el Douro interior

El nombre, dicen los mayores, viene de que aquí siempre se anda «pegado» a los carros —los bancales son estrechos y un paso en falso equivale a terminar en la maleza tres metros más abajo. Oficialmente existe desde 1836, pero lo que importa es que forma parte del Alto Douro Vinhateiro sin necesidad de papel. La densidad de población —poco más de 20 habitantes por kilómetro cuadrado— se traduce en vecinos que se saludan por la matrícula del coche, porque saben que solo pasan por allí dos veces al día: por la mañana, camino del trabajo, y por la noche, de vuelta a casa.

Fe tallada en pizarra

La Capilla del Señor Jesús de la Capilla, en Vilar de Maçada, es del tamaño de un comedor, pero en agosto se llena más que el café de Lamego el día de San Juan. La procesión sube a pie desde la aldea de abajo, y quien va en coche es porque tiene un problema en las piernas o en la cabeza. Las otras capillas —Nuestra Señora de los Aflitos y Nuestra Señora de la Piedad— siguen donde siempre: en el lugar más alto, porque quien tiene fe sabe que subir forma parte del trato. La iglesia parroquial tiene la puerta que chirria en el mismo sitio desde hace 50 años y el cura que viene en un coche que parece que se va a partir en dos a cada badén.

Sin etiqueta, con tradición

No tiene DOP ni IGP, lo que para quien vive aquí es conversación de turista. El vino es de ese que se sirve en un vaso de agua y se pide otro antes de acabar el primero. La chuleta mirandesa viene de la carnicería de Fernando, que aún corta a cuchillo y pesa en la balanza de dos platos —«es para ver si está buena, no para pagar menos». Las castañas son tantas que en octubre se hacen hogueras de tres metros solo con los cascajos, y la sopa es tan espesa que el pan se mantiene erguido. El jabalí es del vecino que atropelló uno en la nacional, y nadie mira el DOP cuando hay un cocido portugués humeando en la mesa de Navidad.

Veredas entre la pizarra y el cielo

Las carreteras municipales son de esas que se aprenden de memoria: una curva cerrada, otra más cerrada, un badén que hace bailar el coche y un perro que duerme en medio porque sabe que solo pasan dos coches al día. No hay senderos señalizados, pero basta seguir el muro de pizarra más bonito para llegar. La perdiz levanta el vuelo al oír pasos, el conejo solo lo caza quien tenga la suerte de ir con Jorge —el único que aún los acecha sin GPS. En octubre, los bosques de galería parecen competir con las viñas a ver quién se vuelve dorado primero, y las aves migratorias se posan en los árboles como quien va camino de España pero decide parar a tomar un café.

La tarde cae despacio; el mismo sol que calentó la espalda de António durante la vendimia ahora pinta las vides de oro. En las escaleras del café se habla del precio de la uva y de quién aún no ha cerrado la puerta de la bodega. El olor a leña empieza a subir por las chimeneas, y alguien pregunta si el Zé ya ha traído los alubias de Pinhão. En Pegarinhos, el día termina cuando el último coche apaga los faros —y eso suele ocurrir antes de las diez.

Datos de interés

Distrito
Vila Real
Municipio
Alijó
DICOFRE
170108
Arquetipo
CULTURA
Tier
basic

Habitabilidad y Servicios

Datos clave para vivir o teletrabajar

2023
ConectividadFibra + 5G
TransporteTren a 17.1 km
SaludHospital en el municipio
EducaciónEscuela primaria
Vivienda~482 €/m² compraAsequible
Clima14°C media anual · 1018 mm/año

Fuentes: INE, ANACOM, SNS, DGEEC, IPMA

ADN del Pueblo

60
Romance
45
Familia
50
Fotogenia
35
Gastronomía
40
Naturaleza
35
Historia

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Preguntas frecuentes sobre Pegarinhos

¿Dónde está Pegarinhos?

Pegarinhos es una feligresía del municipio de Alijó, distrito de Vila Real, Portugal. Coordenadas: 41.3608°N, -7.4285°W.

¿Cuántos habitantes tiene Pegarinhos?

Pegarinhos tiene 394 habitantes, según los datos del Censo.

¿Cuál es la altitud de Pegarinhos?

Pegarinhos se sitúa a una altitud media de 543.9 metros sobre el nivel del mar, en el distrito de Vila Real.

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