Artículo completo sobre Pópulo y Ribalonga: silencio de castaños y alheira
A 689 m, entre niebla y cordero al espeto, vive União das freguesias de Pópulo e Ribalonga
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El silencio huele aquí a pino quemado. Cuando la niebla baja de los 689 metros, no se sabe dónde termina la aldea y empieza el monte. Las seis poblaciones no se ven — se escuchan. El perro de Cal de Bois ladra y en Ribalonga se reconoce que es el Preto do Zé. Son 19,2 habitantes por kilómetro cuadrado que aún se cruzan en la misa, en la cafetería o en la puerta del campo.
Piedra que guarda memoria
La iglesia de Ribalonga tiene una puerta que cruje exactamente como la de la casa donde mi abuela guardaba los quesos. Dentro, el altar mayor es demasiado dorado para tanta pobreza afuera. En las pinturas de la capilla de Pópulo, Nuestra Señora tiene ojos de quien conoce el peso de las sierras. Los castros son solo montes cubiertos de tojo ahora, pero quien escarba el jardín aún encuentra piedras que no son de aquí: son manos antiguas que las trajeron.
Seis aldeas, un ritmo propio
La junta parroquial abre cuando Aires va a por el pan. No hay horario que valga: si alguien llama a la ventana de su casa, atiende. Los senderos entre aldeas son de tierra apisonada donde los zapatos dejan de ser necesarios. Vale de Cunho queda a tres salves desde Rapadoura, contadas despacio para no perder el aliento.
Romerías que no olvidan
En septiembre, Ribalonga huele a zarzas y a cordero al espeto. Las mujeres llevan aún los andares a la espalda como las madres llevaban a los hijos a la sementera. La banda de Vilar de Maçada toca marchas que se aprenden en los bautizos: nadie necesita partitura, solo recordar cómo silbaba la abuela.
A mesa tras montaña
El cocido se hace en la olla de hierro que fue de la bisabuela. La alheira se tuesta cuando el pan es del día anterior: nadie la fríe en casa, solo en las reuniones. Las castañas son de los árboles que plantaron cuando nací: cada año se cuentan los agujeros en el suelo para ver cuántas faltan al árbol. El vino es del Duero, sí, pero aquí se bebe en vasos de verdad, no esas copas que no caben en la mano.
La fuente de los novios tiene un peñasco liso donde se sentaban los que ya no están. A veces, al atardecer, aún va alguien a por agua: no porque haga falta, sino para tener excusa de quedarse a ver al sol romperse en la cima de la sierra como un huevo en la sartén.