Artículo completo sobre Santa Eugénia: pizarra y viñedo en Alijó
Entre bancales de la Alta Douro, 278 almas resisten el tiempo con novenas y acordeón
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La calida grava cruje bajo los pies en una mañana de septiembre y el aire huele a tierra seca mezclada con el humo lejano de una chimenea encendida demasiado temprano. Santa Eugénia se alza a 385 metros entre los bancales del Alto Douro Vinhateiro, donde 278 personas sostienen viva una de las parroquias más pequeñas de Alijó. Las casas de pizarra oscura se alinean por callejuelas estrechas y el silencio solo se rompe con el ladrido distante de un perro o el crujido de una puerta de madera cuarteadas por el sol.
El peso de los años en las piedras
Las cifras cuentan una historia que las paredes confirman: de los 278 vecinos, 117 superan los 65 años. Solo 17 niños corren por las calles —un eco lejano de lo que fue este lugar. La densidad apenas alcanza los 30 habitantes por kilómetro cuadrado, repartidos entre 914 hectáreas de viñedo, olivares y monte. Pero hay algo terco en la permanencia de esta gente, una negativa silenciosa a dejar que el pueblo se apague.
Tres fiestas, tres devociones
La fe marca el calendario. La Festa de Vilar de Maçada en honor al Senhor Jesus da Capelinha se celebra el primer domingo de junio: atrae a los emigrantes de Francia y Suiza que regresan en los vuelos de la TAP con las maletas repletas de regalos. La fiesta en honor a Nossa Senhora dos Aflitos es el segundo domingo de mayo, cuando las mujeres del pueblo aún celebran el triduo con novenas cantadas a la puerta de la iglesia. Las fiestas en honor a Nossa Senhora da Piedase cierran agosto y convierten el atrio de la ermita en un kiosco improvisado donde Filipe, el hijo de Zé Mário, toca el acordeón hasta las tres de la madrugada. Esos días la parroquia respira distinto: música que rebota por los valles, mesas largas bajo las higueras que plantó el abuelo de João en 1953, conversaciones que se alargan hasta tarde. Las ermitas, modestas pero cuidadas, se llenan de velas encendidas y flores del campo —las mismas que doña Amélia, con sus 84 años, sale a recoger a las cinco de la mañana para que no les dé el calor.
Viña y horizonte
Santa Eugénia forma parte del paisaje declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2001, pero aquí nadie habla de World Heritage. Se habla de la viña de Seixas, que tiene uvas de 1943, y del muro que se vino abajo el pasado otoño cuando Antonio fue a recoger la aceituna. El Alto Douro se dibuja en bancales geométricos que bajan hasta el río invisible pero presente: el Tedo, que pasa lejos pero cuya presencia se nota en las acequias de piedra que traen el agua de riego. La viña domina la geografía: cepas viejas de pie franco, muros de pizarra que retienen la tierra, escaleras de piedra que unen terrazas. En septiembre el olor a uva madura impregna el aire y el ruido de los tractores sube por las laderas: el de Zé Carlos, el mismo Massey Ferguson que compró su padre en 1978. No hay bodegas turísticas ni catas comentadas: aquí el vino sigue siendo trabajo antes que producto. Se lleva a la cooperativa de Sanfins, donde el tonel número 7 lleva pintado con pintura blanca el nombre del club de fútbol del pueblo.
Lo que permanece
Al caer la tarde, cuando la luz dorada incendia los bancales y las sombras se alargan sobre la gravilla, Santa Eugénia muestra lo más esencial: la obstinación silenciosa de quien no se rinde. El humo sale recto de las chimeneas: el de la casa de doña Alice, que aún hornea pan de leña todos los viernes. Las gallinas entran en los gallineros que Joaquim cerró con tela metálica para que no las coja el hurón, y el frío de la noche empieza a instalarse. Es un lugar que no pide reconocimiento, solo continuidad —y quizá esa sea su forma más honesta de resistir.