Artículo completo sobre Alturas do Barroso e Cerdedo
A 1.168 m, entre secaderos de jamón y sendas de pastor, respira el alma de Cerdedo
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El sol aún no asoma al altiplano cuando el olor a alderman* quemado en las chimeneas del secadero me recuerda que es viernes. A 1.168 metros, Alturas do Barroso despierta con la tos del tractor de Zé Mário que sube con las primeras luces para ordeñar. La bruma se aferra a los lameiros como papel de arroz —esos lameiros donde aprendí a distinguir el agua fría del agua templada solo por el sonido que hace al entrar en los regatos.
Altitud que se respira
El aire sabe a mirto y a orujo de bagazo. En agosto, el frío de la mañana pica en los tobillos y el agua del pozo de Crispim permanece helada hasta bien entrada la tarde. Desde el atrio de la iglesia, si el día está despejado, se divisan las antenas del Larouco —allí donde el viento talla la cara y los pastores aún usan los mismos croquês de piedra que mi abuelo. Los ríos Beça y Terva discurren bajitos, casi avergonzados, pero en abril se les oye cuando la trucha remonta para desovar en los remansos.
Piedra, madera y olor a pan
Los hórreos de Alturas no sirven para fotos —ahí se seca el maíz de Joaquim antes de ir al molino de Vilar. La madera está negra de tanto humo y la puerta chirria siempre en el mismo sitio. Cuando paso por encima al caer la tarde, aún huele el pan que hacía mi madre en el horno del pueblo: aquel que llevaba heces de cerveza y formaba una costra que crujía entre los dientes. La ermita de São Salvador, en lo alto, es adonde íamos a pie en julio, con los pies ardiendo en las piedras, a escuchar al padre Artur, que siempre tosía antes de leer el Evangelio.
Secaderos y miel de quien la hace
El secadero de Ti Chico está a la derecha al entrar en la aldea. Dentro, el jamón cura desde noviembre y el salpicão huele a ajo y vino hasta la calle. La miel de Abílio es oscura, casi negra, porque las abejas van al madroño y al enebro. De pequeña iba a por un tarro y él siempre añadía una cucharada de más «para el camino».
Sendas donde se calla
El sendero del Señor del Monte empieza justo detrás de la casa de Doña Augusta. Ocho kilómetros que saben a resina de pino y a sudor. En invierno, cuando la nieve cubre los muretes, los perros del pueblo llegan hasta la mitad y vuelven sobre sus pasos: no les gustan las huellas que no conocen. Por la noche, el cielo es tan negro que se ve la Vía Láctea como un reguero de leche derramada. Los mayores dicen que en esas noches bajan los muertos —pero yo solo oigo el viento en las tozas y mi propio corazón.
Al caer el día, cuando el sol se pone tras el hórreo de mi abuelo y el humo de las chimeneas traza líneas rectas en el aire inmóvil, recuerdo que aquí el tiempo no camina: gira. Como la piedra del molino que aún muele el maíz para la broa, como las pisadas que se hacen en el lameiro y que la lluvia borra para volver a hacer.
*alderman: madera de aliso usada tradicionalmente para ahumar embutidos