Artículo completo sobre Beça: pan de horno de piedra y vacas pensadoras
En Beça, el río susurra, el horno abraza y la Carne Maronesa sabe a terruño.
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El humo sale tan recto por la chimenea que parece un tipo intentando enderezar la espalda. Es invierno, el cielo está del mismo gris que la cara de José Manuel después de jugarse la primitiva, y en Vilarinho da Mó el horno comunal espera la siguiente tanda. Piedras puestas allí por generaciones que ni sabían lo que era el cemento: de eso está hecho el pan de Beça, el que mi abuela decía que «aguanta el cuerpo» hasta la cena.
El río Beça discurre abajo, escondido, pero se hace oír. Como el viejo del bar que no habla pero tose para recordar que está. A 727 m el aire te taladra las costillas y trae ese olor a leña y tierra que huele a domingos de lluvia.
Piedra sobre piedra, como mandan los cánones
La ermita de San Bartolomé sigue donde siempre: en medio, como buen portugués. Desde arriba la torre vigila los bancales que bajan hacia la vega. Don Alfonso III otorgó carta puebla por aquí en 1206, y desde entonces las aldeas se agarran al terruño como quien se aferra a la última caña. Cada una con su capilla, su plaza, esos caminos de tierra donde los zapatos se recubren de un polvo que ya es casi patrimonio.
En Carvalhelhos la capilla de Santa Bárbara está justo encima del castro. Desde allí arriba debe de ver a los turistas subir y preguntar «¿pero esto es el castro?». Sí, lo es. Son piedras que están ahí desde antes de que los romanos se fueran a Chaves de vacaciones.
Subir a Seirrãos es como ir al desván de la casa: desde arriba se ve todo. La vega de Boticas se extiende como un patchwork de verdes y marrones, surcado por esos muretes de piedra que mi padre llamaba «muros de contar historias». El nombre de la aldea viene de ahí: «seiras» era lo que se mudaba de sitio cada año, como mi cuenta bancaria.
Lo que entra en el plato
No esperen fusiones ni modernidades. Aquí se come lo que da la tierra, punto.
La Carne Maronesa no es maronesa por casualidad: es de esas vacas que se pasan el día pastando y filosofando. Llega a la mesa negra por fuera, rosa por dentro, con un sabor que recuerda los prados por los que ha andado. El cabrito va al horno de leña y sale con la piel crujiente que acompaña a la patata que recoge todos los jugos.
En los ahumados el embutido va tomando color. Chorizo, salchichón, morcilla y ese chouriço de calabaza con el color del Sporting de Braga. El jamón de Barroso espera pacientemente —algo que ya no sabemos hacer—. Y la miel… tiene el tono del final de la tarde y sabe a brezo y castaño. Dicen que es DOP, pero por aquí es DOB: Denominación de Origen de Beça.
Procesiones y otras excusas para juntar a la gente
El último domingo de julio la peña empieza a subir al Señor del Monte antes de que cante el gallo. Es la romería grande del municipio: unos van por fe, otros por la charla. Pero todos van. Los caminos se llenan de gente que se encuentra una vez al año y finge que no se ha visto desde entonces.
Entre las fiestas de la Libración y San Sebastián siempre hay una verbena donde los acordeones tocan esas melodías que todo el mundo aparenta no saber, pero cuando empiezan hasta el cura tararea.
Caminos que solo conocen los de aquí
Los senderos que unen las diez aldeas no tienen placas ni flechas. Si le preguntas a José, te dice: «Sigue por la acequia, gira en el molino, luego todo recto hasta cansarte». Sencillo. En Quintas aún se ven piedras de la calzada romana —gastadas por quien pasó hace dos mil años y por quien sigue pasando—.
El Beça tiene recodos donde el agua se curva y los sauces hacen de parasol. Perfecto para quien le guste la pesca —o para quien necesite excusa para no hacer nada—.
Al caer la tarde las chimeneas vuelven a echar humo, una a una, como si la parroquia fumara su último cigarrillo antes de dormir. La campana de San Bartolomé da seis voces, el eco va y viene entre las laderas, y Beça sigue ahí: terca como la piedra, quieta como el río.