Artículo completo sobre Eiras, São Julião y Cela: jamón que se deshace entre valles
Tres aldeas de Chaves donde el tiempo huele a secadero y las fiestas saben a cabrito
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La campana de la iglesia de São Julião da tres golpes que se pierden por los valles como quien tira piedras a un pozo. Aún no son las ocho y el frío de la madrugada se agarra a las piedras como la uña del vecino que no quiere irse del bar. A 776 metros de altitud, estas tres aldeas —Eiras, São Julião de Montenegro y Cela— se unieron en 2013 por decreto, pero venían andando de la mano desde hace siglos por los caminos de tierra que unen las eras de maíz y los secaderos donde el jamón duerme el sueño de los justos.
Piedras que lo han visto todo
Los romanos no pasaron por aquí de turismo. Dejaron puentes que aún sirven para que pasen los tractores, calzadas que resbalan los días de lluvia y una manera de hacer las cosas que dura más que los hombres. Dos rutas jacobeas cruzan la parroquia —la Interior y la del Norte—, pero quien las recorre hoy va más en bici que con báculo. Los cruces de piedra funcionan como los bares: hay uno en cada esquina donde parar a respirar. Las iglesias son tres, una por aldea, con sus santos repartidos para que nadie se quede sin fiesta.
El calendario que marca la vida
Agosto es el mes que tira de la cuerda. El día 5, Cela celebra a Nuestra Señora de las Nieves. Cinco días después, Eiras enciende las hogueras de San Lorenzo —y si llueve, se moja como Dios manda. São Julião de Montenegro guarda a San Bernardino para mayo, cuando aún no se desespera uno de calor. En las procesiones, las bandas tocan como si el mundo fuera a acabarse mañana y en las mesas hay cabrito que se deshace solo con mirarlo, chistorras que estallan como promesas incumplidas y jamón cortado más fino que las excusas del político.
Entre valles y secaderos
El paisaje es una colcha de retales: olivos centenarios que parecen haber nacido antes que el tiempo, pinares que suben las laderas como niños por los muros, y arroyos que corren tímidos, casi con vergüenza de hacer ruido. Los molinos de agua están mudos, con las ruedas podridas como dientes de viejo, pero aún se ven las marcas en el granito donde giraban las piedras. En otoño, las castañas caen como granizo y los jabalís pasean de noche como dueños del cortijo. Las zorras son más discretas —cruzan los caminos con cara de quien va tarde a misa.
Ruta para quien no tiene prisa
Vaya despacio. La sede de la junta parroquial está en Alto da Micha, pero lo importante es perderse por los senderos que unen capillas cuya puerta chirria pero siempre está abierta. Con 850 habitantes, encontrar a alguien es como tocar la primitiva —pero cuando ocurre, la conversación no tiene fin. Pare en la puerta de la junta, mire la huerta del vecino, acepte el café que ofrecen. A lo mejor, se oye una vaca maronesa mugir como campanilla de aldea y el humo del secadero anuncia que hay jamón ganando sabor para el invierno.
Cuando la luz dore los cruces y las sombras se estiren como gato en la lumbre, siéntese en el muro. El tiempo aquí no es reloj —es el compás de las estaciones, el olor al secadero, el silencio que solo se oye cuando la ciudad queda atrás. Lléveselo, que es el mejor recuerdo que da esta tierra: el peso exacto de la quietud que no se compra ni se vende, solo se regala a quien sabe esperar.