Artículo completo sobre Ervededo: castaños quemados y pastel de Chaves
Entre Chaves y la frontera gallega, tres aldeas resisten el fuego y el olvido
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El camino de piedras que sube a Agrela huele a tierra chamuscada. El incendio de septiembre de 2023 dejó cicatrices que la lluvia no ha borrado: castaños ennegrecidos, muros de piedra que asoman entre la maleza carbonizada, un silencio que aún no entiende qué pasó. Ervededo está a 12 km de Chaves, en un desvío que el GPS solo encuentra si le pides que evite autopistas. El padrón dice 595 vecinos, pero en la práctica son menos; en agosto, más.
El nombre y las aldeas
Dicen que Ervededo viene del latín Ervedum, “matorral espeso”. Hoy son tres lugares —Agrela, Torre y Couto— que siguen siendo lo que siempre fueron: aldeas donde el perro conoce cada coche. La población se dobla en agosto, cuando regresan los emigrantes. Fue gente así, con mangueras de jardín y desbrozadoras de patio, quien en 2023 plantó cara al fuego cuando las llamas saltaron el Tâmega. Mientras llegaban los helicópteros de fuera, ellos estaban ahí, camiseta empapada, defendiendo lo suyo.
Pastel de Chaves y embutidos de altura
La comida es lo que se come de sol a sol. Chouriça de calabaza que aún se hace en casa, alheira sin ajo porque aquí no se perdona, morcilla negra como el vino de la vendimia. La vaca maronesa pasta en los lameiros que el fuego respetó: ese rubio pajizo que te mira como si pensara en otra cosa. El cabrito se asa los domingos, pero los niños piden pastel de Chaves. Algunos juran que los mejores están en la pastelería Vidal, en Chaves: quince minutos en coche, menos si eres de aquí y conoces los atajos. Se comen calientes, azucarados por encima; si te pones a contar las capas de hojaldre es que no tienes tanta hambre.
Caminos que cruzan la frontera
Por aquí pasan dos rutas de Santiago, pero los peregrinos son raros. Cuando aparecen, siempre preguntan: «¿Aún queda mucho?». Las conchas amarillas en los muros sirven a los críos para saber cuánto falta para la merienda. El paisaje es de castaño y viña vieja, con la sierra del Larouco al fondo como marco. La vía verde del Tâmega pasa por abajo: une Chaves con la Raia y es de los pocos tramos llanos de la zona. En los prados junto al río han vuelto los mirlos. Dicen que es buena señal.
El paisaje que cicatriza
No hay monumentos. Hay una casa de pizarra donde José Manuel aún cura jamones como le enseñó su abuelo: si llamas, te enseña el ahumadero, pero avisa: «Oye, que huele a humo que da miedo». Los senderos son de tierra apisonada, marcados por el uso, no por señales. En otoño, cuando la luz de la tarde tuesta el granito, Ervededo no es bonita: es solo el sitio donde siempre has vivido, aun hayas nacido en otro lado. Pasó el fuego, creció la hierba y la vida sigue como antes: despacio, entre el mugido de las vacas y el olor de la leña que arde en la cocina.