Artículo completo sobre Planalto de Monforte (União das freguesias de Oucidres e Bobadela)
Oucidres y Bobadela, a 800 m, entre menhires, castaños y embutidos curados al humo
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El viento sube desde el valle del Támega y llega aquí sin edad. A ochocientos metros de altitud, el altiplano se despliega en ondulaciones tapizadas de matorral bajo, soutos de castaño y pastos donde vacas maronesas pacen despacio. Dos lugares —Oucidres y Bobadela— se fundieron en 2013 en un solo territorio administrativo, pero el paisaje los hermanaba desde hace siglos: la misma altitud, el mismo frío cortante del invierno, la misma luz rasante que hace brillar el musgo sobre los muros de piedra seca.
Donde la pizarra guarda memoria
En Bobadera se alza un menhir apuntador, piedra prehistórica cuya silueta vertical marca el horizonte y figura hoy en el escudo de la parroquia. No hay placa explicativa ni centro de interpretación: sólo el monolito, el viento y la sensación de continuidad que une este altiplano con los primeros pueblos que fijaron aquí su territorio. El topónimo «Monforte» evoca un castro medieval, pero son huellas más remotas las que definen la identidad del lugar: túmulos funerarios dispersos, cañadas de trashumancia, la memoria de las concesiones mineras de wolframio abandonadas en 1962.
Oucidres se dibuja en calles estrechas flanqueadas por muros de pizarra, hórreos de madera cuarteados por el tiempo y la iglesia parroquial de San Pedro, con fachada setecentista sencilla y espadaña recortada contra el cielo. El río Oucidres nace aquí y baja en arroyos fríos hasta el Támega, alimentando cubos de piedra que regaban hortalizas minúsculas. Doscientos sesenta vecinos —ciento cuarenta y tres de ellos mayores de sesenta y cinco años— mantienen encendido el día a día rural: leña cortada, embutidos colgados, patata plantada en los regatos de altitud.
Embutidos, castaña y pan caliente
La gastronomía es la del Barroso transmontano, tierra de embutidos y carne curada. Alheira, chouriça de carne, chouriço de abóbora, salpicão, sangueira —todos con Indicación Geográfica Protegida— penden en los fumaderos de las casas de pizarra, curando lentamente al calor de la lumbre. El cabrito de Barroso se asa a la brasa; el cordero lechal llega a la mesa tierno, acompañado de la patata de Trás-os-Montes IGP y de sopa de nabo. En otoño, la castaña de Padrela DOP cae en los soutos y llena sacos de arpillera. El Pastel de Chaves, hojaldrado relleno de crema pastelera, sale de las panaderías chavinenses pero encuentra aquí compradores fieles.
Sendas entre muros de piedra
El Camino Interior de Santiago cruza el altiplano, trazando una línea entre muros de pizarra y pastos donde el silencio sólo se rompe con el canto del mirlo común. Caminar aquí es sentir la altitud: el aire más fino, la luz más cruda, el horizonte marcado por las sierras de Larouco y Leiranco. Junto a la antigua escuela primaria, un mirador improvisado ofrece vistas sobre el valle del Támega; al caer la tarde, el sol poniente tiñe de naranja los penascos de granito y los tejados de pizarra. La flora de altitud alimenta a las abejas que producen la Miel de Barroso DOP, y en los soutos anidan camachuelos montesinos.
La azuela de hierro grabada en el escudo de la parroquia no es ornamento: es símbolo del trabajo que modeló este paisaje, muro a muro, bancal a bancal. Cuando cae la noche y el frío aprieta, se enciende la lumbre en las pocas casas habitadas. El humo sube recto por las chimeneas de pizarra, dibujando trazos blancos contra el cielo oscuro, y el olor a leña de castaño se extiende por el altiplano: huella olfativa de un lugar donde el esfuerzo humano aún deja rastro visible en el paisaje.