Artículo completo sobre Redondelo: alheira, niebla y campanas que resisten
En la aldea trasmontana el horno de leña, el camino de Santiago y el silencio cuentan el día
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El humo asciende fino por la chimenea de pizarra, se deshace antes de tocar el cielo. Son las ocho de la mañana y el silencio de Redondelo solo lo rompe el perro del señor Aníbal, que ladra contra su propia sombra. La campana de la iglesia —hierro batido en 1892— no marca las horas: marca que aún hay alguien en lo alto del campanario tirando de la cuerda.
A mesa con el Barroso
El Míscaro abre a las siete para los hombres que bajan del monte con leña o llevan el tractor al campo. Doña Albertina pone el pan sobre el mantel de lino sin que nadie se lo pida; sale del horno de Lourido, aún con la huella del leñador que lo quemó. La alheira —no la del Barroso, es de la Borda— reposa en el ahumadero de madera tres semanas, luego va a la cazuela con grelos que ella corta junto a la ribera. El vino viene en una damajuana de cinco litros que su hijo le trae de la Cooperativa: no tiene nombre, sabor a terrón mordido y a uva que pilló la helada de octubre.
Cuando hay cabrito es porque hubo fiesta el día anterior. Se asa en el horno de leña que el padre de Albertina construyó con piedra de pizarra y barro de Valpaços; lleva solo sal, ajo y el tiempo que pide el horno. El jamón es del cerdo de casa, cortado junto a la lumbre donde aún gotea grasa —el cuchillo es el mismo que ayer peló el castaño.
Caminos que la atraviesan
El camino de Santiago pasa por aquí, pero nadie lo llama así. Es la “carretera de abajo” que va a Ruivães, donde las piedras guardan surcos de carros que ya no existen. Los peregrinos llegan cansados, piden agua a la primera puerta que ven. Doña Rosa les llena la botella y dice: «Si vais a Santiago, acordaos de nosotros cuando el viento norte os azote la cara».
En los días de niebla —y son muchos— la aldea desaparece. Quedan los perros, el olor a ahumadero y el sonido de las gallinas que nadie ha conseguido enseñar a callar.
Permanencia
De los 455 que viven aquí, 150 no nacieron en el pueblo. Son brasileños que se casaron con hijas de la tierra, ucranianos que llegaron para las obras del Tua y se quedaron porque aquí nadie les pregunta de dónde vienen. La escuela tiene 19 niños —dos clases mixtas— y la maestra viene cada mañana desde Vila Real, aun cuando la nieve cierre la EN103.
Las casas vacías superan el centenar. En ellas crecen zarzas y higueras silvestres que se cuelan por las ventanas rotas. Pero hay una puerta que se abre cada día: la del bar del Míscaro, donde se toma un chato y se habla de la lluvia que no llega, de la viña que está barata, del nieto que está en Canadá.
A las cinco de la tarde, cuando el sol se pone tras el Marão y tiñe los tejados de naranja, Redondelo huele a leña quemada y a tierra regada. Es hora de cerrar las puertas, de encerrar al gato para que no se vaya a la carretera, de dejar que el humo del ahumador suba otra vez —fino, persistente, como si quisiera contarle a la noche que aquí aún hay quien resiste al tiempo que pasa demasiado deprisa.