Artículo completo sobre Chaves: la unión donde el Tâmega cura embutidos
Sanjurge y Santa Cruz/Trindade comparten río, tahúmes y alubias de boda
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El Tâmega huele a hierba mojada cuando la noche se despide. Baja ancho, a veces tan sosegado que refleja la primera hoguera de octubre que encienden en los montes comunales. Al borde de la EN15, el tahume de la Ti’Aida aún escupe un hilo de humo los domingos: huele a panceta y a aliso, y quien pasa con las ventanas bajadas sabe de inmediato que allí dentro hay embutido curándose. Éste es el retrato de la Unión de las parroquias de Santa Cruz/Trindade y Sanjurge, un nombre que nadie pronuncia entero: se dice «la unión» y se entiende.
Entre dos municipios y dos caminos
La fusión de 2006 llegó en un papel, pero la vida sigue el valle. Quien necesita el centro de salud va a Chaves; quien requiere el juzgado baja a Vila Real. En medio queda la vega, tierra menuda que el río riega sin pedir permiso. La altitud —cuatrocientos metros, ni uno más ni uno menos— hace que la col brote antes y el maíz madure después. En las huertas de Sanjurge aún se siembra la alubia de piso, la misma que las abuelas reservaban para las bodas de los nietos.
El Camino de Santiago pasa aquí en dos rayas amarillas que se bifurcan a la entrada de Trindade. No hay albergue; quien duerme pide cama en la iglesia o acampa detrás del campo de fútbol. El párroco guarda un sello dentro de una lata de tabaco y ofrece agua bendita a quien llega con los tobillos en carne viva.
Gastronomía de altura y embutidos de tahúm
El pastel de Chaves es dulce, pero aquí se come salado. En la tasca del Zezé hay alheira frita en aceite nuevo —corteza crujiente, relleno que chorrea y quema la lengua si no se aguarda. Se sirve en plato de barro, sin servilleta, con un tenedor de mango verde que ya ha sido remendado diez veces. El jamón de Barroso llega en tapas de dos dedos: pan de millo, una loncha gruesa, vino tinto de la casa que viene en jarra de loza y no pregunta la hora.
En invierno, el aire se vuelve tan denso que el caldo verde parece mentira —pero es lo que hay. En verano, el Tâmega invita. La piscina fluvial de Sanjurge es solo un desvío de tierra batida: agua helada, piedras resbaladizas, niños de Chaves que vienen a aprender a nadar. El bar del Santo sirve cervezas a un euro y deja entrar al perro.
El río como memoria
El Tâmega guarda lo que la tierra perdió. En el estiaje de 2017 aparecieron tres molinos romanos en el cauce seco; el mayor está ahora apoyado contra el cruceiro de Santa Cruz, a medio camino entre la mata de maíz y la terraza. No hay monumentos, cierto, pero basta cruzar el puente de Santa Marta al caer el día: el reflejo de las viejas chimeneas en el agua vale por cualquier guía.
Cuando la campana de Trindade toca a las siete, las gallinas de la vecina se ponen nerviosas. El sonido sube por el valle, golpea la ladera de Sanjurge y regresa apagado, como si el propio río quisiera guardárselo. Entonces, quien está en el jardín de Santa Cruz levanta la cabeza sin querer: es señal de que el día, en efecto, ya está hecho.