Artículo completo sobre Vilarelho da Raia: campanas, ahumados y capillas
En el pueblo al que ni el GPS encuentra, el jamón ahumado y las procesiones marcan el tiempo.
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La campana de la iglesia parroquial dobla y el sonido se desliza cuesta abajo como el tren de mercancías que discurre por la línea del Tua. Aquí, a 392 metros de altitud, Vilarelho da Raia es de esos lugares donde el GPS se despista y el taxista de Chaves pregunta “¿seguro que es por ahí?”. Tres capillas marcan las entradas del pueblo — Santa Catarina, el Señor de las Almas, Nuestra Señora de las Nieves — como si fueran puestos de la Guardia Civil, pero en vez de pedir el DNI despachan un “que vaya usted con Dios”.
Capillas que dibujan el pueblo
La Capilla de Nuestra Señora de las Nieves tiene una historia que parece inventada: construida en 1771, fue trasladada piedra a piedre y reconstruida entre 1994 y 1995 para ceder su emplazamiento a un polideportivo. Igual que cuando Pepe el de la taberna mudó la bodega al garaje — mismo principio, otra escala. Cada 5 de agosto, la procesión sube hasta allí, paso lento sobre el camino irregular, mientras el calor hincha los pies dentro de los zapatos de domingo. La Capilla del Señor de las Almas y la de San Gonzalo completan la geografía devocional. La iglesia parroquial, reedificada en 1698, tiene esa solidez de quien ya ha visto pasar siglos de romerías y entierros. En 1848 anexaron Santa Comba de Vila Meã, como quien añade una rama más al árbol genealógico.
El ahumado y la tierra
El ahumado regional es lo que distingue una cocina de un salón. Colgado de la viguería, el jamón de Barroso va tomando ese color de quien se ha bañado en sol todo el verano. El folar — ese pan que pesa más que una piedra de afilar — solo aparece en las fiestas, porque hacer folar es tarea de todo un día. La alheira, el salpicón, la choriza de carne ganan sabor en los ahumados caseros, donde el tiempo no se mide en días sino en partidos de LaLiga que van sonando por la radio.
La patata de Trás-os-Montes crece en los regatos como si estuviera en casa. La castaña de Padrela cae en octubre y llena los soutos de gente con bolsas de plástico. La miel de Barroso tiene ese retorcido a brezo que hace rechinar los dientes. Los vinos de aquí son de altitud — como los aviones, pero más baratos — y piden una carne maronesa para hacerles compañía.
Fiestas que marcan el año
El 19 de marzo, San José abre el calendario. En julio, día 25, es Santiago. Pero es el penúltimo fin de semana de agosto cuando la cosa se pone seria: las fiestas del Señor de las Almas. Casetas de comida y bebida, música hasta la madrugada, el olor a sardina que se mezcla con el polvo de las marchas. Es cuando vuelven los emigrantes y el café está tan lleno que se bebe en la calle, copa en mano, como si fuera un vaso de plástico en el estadio municipal.
El Museo Etnográfico guarda cosas que usaba mi abuela y que hoy están tras un cristal — la plancha de carbón, el telar, la máquina de hacer embutidos. Las 237 personas mayores de 65 años son la Wikipedia viva del pueblo. Las 30 criaturas corren entre las casas de pizarra con la tablet en la mano, pero saben dónde se hacen los mejores carriles para el trineo.
Los Caminos de Santiago pasan por aquí. Los peregrinos llegan con esa cara de quien ya ha caminado 20 kilómetros y solo quiere un sitio donde sentarse. Se les da agua, se les dice “buen camino”, y se marchan con la idea de haber encontrado el fin del mundo. Vilarelho da Raia es eso: un lugar donde el fin del mundo empieza justo detrás de la última casa, pero donde la gente aún baja al café por la noche a discutir si el Benfica jugó bien o le robaron.