Artículo completo sobre Vilar de Ferreiros: el pueblo que forjó hierro y agua
Entre levadas de sierra y muros de vina, respira la memoria de herreros gallegos
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El sonido llega antes que la imagen: agua resbalando sobre la piedra, constante, como el reloj de la abuela que nunca se adelantaba ni se atrasaba. Es la levada que baja del Piscaredo cargada de sierra y que, en los tiempos de sequía, obligaba a los hombres a velar la noche entera para defender su turno de riego. Después viene la temperatura: el aire se enfría al subir la senda, húmedo de rocío incluso en pleno agosto. Las manos rozan el granito frío de los muros, musgados en la cara norte, y el olor es a tierra mojada, a roble, a matorral que crece entre las vides en bancales. Vilar de Ferreiros, parroquia de 888 vecinos a 549 m de altitud, se sostiene sobre esa geometría vertical: levadas que traen el agua desde la sierra, muros que sostienen la viña, capillas que marcan el camino como hitos para recuperar el aliento.
El recuerdo de los herreros
El nombre guarda la memoria de quienes forjaron el hierro aquí: herreros que bajaban de la Guarda con el invierno y se quedaban hasta la vendimia. Los documentos hablan del siglo XIII, pero lo que importa es lo que se ve: el puente de Trandeiras por el que pasa aún el tractor, los muros de piedra en seco que Joaquim reconstruyó hace dos años tras la borrasca, los hórreos donde el maiz se seca al viento y donde el nieto esconde los tabacos. La iglesia parroquial, con su torre despareja, se alza en el centro del pueblo como quien no quiere molestar. Más arriba, la ermita de Santa Quiteria vigila el valle; quien suba de noche, en agosto, verá las luces de Mondim abajo convertidas en estrellas caídas.
Levadas y romerías
La Levada do Piscaredo es el hilo conductor de la parroquia. Nace arriba, en la fuente de la Póvoa, y desciende hasta el Castro Crastoejo como quien susurra un secreto. Cruza el bosque del Carrascal, donde Antonio planta patatas entre robles, y pasa junto a las viñas del señor Albano —ésas que dan un vino verde que quema la garganta y que los de Braga pagan sin rechistar. La subida al Santuario de la Gracia es otra historia: 7 km que dejan las pantorrillas temblando, pero arriba, los días claros, se divisa el mar.
Las romerías de Santiago aún mueven a toda la parroquia. Empiezan en la iglesia a las 4 de la madrugada, con los romeros golpeando las sandalias en el suelo como si quisieran despertar a los muertos. Se sube por los caminos antiguos, antorchas encendidas, y siempre está el tío Chico que se pierde en el cántico pero que conoce los senderios de memoria. Después vienen las mesas largas en el atrio: el arroz de sarrabullo que doña Rosa cocina desde las 3 de la mañana, el cabrito que José Manuel gira en el asador durante seis horas y las cavacas de la tienda que se acaban antes del último responso.
Sabores de altura
La gastronomía de Vilar de Ferreiros es la que hay: carne Maronesa de Albano, que pastó toda la vida en la Sierra de la Cabreira, cordero de Zerito que solo come hierba y que el veterinario visita una vez al año. El cocido portugués es para los domingos, cuando la familia baja desde Braga —la olla es tan grande que doña Lurdes la carga en brazos hasta la mesa. La miel es de Sequeira, que tiene colmenas desde los 14 años y asegura que las abejas son más exigentes que las suegras. El jamón colgado en la bodega del señor Antonio tiene 3 años: él dice que es como las mujeres, cuanto más tiempo más valioso.
Ecoturismo entre pizarra y granito
Hay cuatro casas para turistas, de esas que parecen siempre cerradas pero que Booking da como completas. Los senderos están señalizados con marcas amarillas —el sol las desvanece, así que lo mejor es preguntar al señor Domingos, que no se mueve del banco de la plaza. Con 31,84 vecinos por kilómetro cuadrado, cruzarse con otro caminante es un suceso; pero si aparece el señor Joaquim, prepárese: cuenta la guerra colonial entera, desde el principio.
Los 265 mayores que viven aquí —casi un tercio del censo— atesoran historias que se cantan por desafío en las noches de invierno junto a la lumbre, mientras fuera el viento zarandea las vides desnudas. Doña Amélia, 92 tacos, aún sube al campo cada día: dice que es para no olvidar el camino de vuelta.
El eco de los pasos en la levada se queda después de marcharte: agua corriendo, piedra fría al tacto, perfume a roble mojado. Vilar de Ferreiros no impone; se descubre poco a poco, en capas de granito, vino verde y silencio de altura. Como cuando entras en la cafetería y te enteras de que el tío Arménio ha fallecido —no porque nadie te lo cuente, sino porque su sillón está vacío.