Artículo completo sobre Gralhas: bruma y vacas maronesas en la raíz de Montalegre
Pueblo a 922 m donde el viento peina brezales, cura jamones y espera a los que se fueron
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El viento arrecia a 922 metros, bastante para calarte los huesos incluso en agosto. Gralhas se aguanta ahí arriba: 186 vecinos, tres cafés, una iglesia y un mar de granito. De sus 2.159 ha, la mitad son pastos que las maronesas no dejan crecer más que una liga; el resto, muros de piedra suelta y brezales donde aún se puede perder un jabalí.
Cruce de los que se van y los que vuelven
El Camino Nascente pasa, pero no se detiene. Los peregrinos suben desde la villa, respiran hondo, fotografían la capilla del Señor de la Piedad y se marchan hacia Galicia antes de que les flaqueen las rodillas. Los del pueblo bajan a las 7 h a Montalegre, traen el pan en el maletero y protestan porque el gasóleo sube más que el sueldo. Durante las fiestas del Señor de la Piedad (primer domingo de septiembre) y de la Señora del Pranto (último de octubre), la aldea se llena de hijos que fueron a Oporto a ganarse la vida. Se toma una caña, se cuenta quién ha fallecido y el lunes todos vuelven a marcharse. El silencio que queda es tan denso que hasta el perro de Zé Mário deja de ladrar.
Aquí sobran colmillos
Abre la arca de cualquier casa y encontrarás: alheira* ahumada, chorizo de calabaza, jamón que se guarda hasta Navidad. La carne maronesa es DOP, pero para los vecinos es simplemente «vaca»: va al estofado de los domingos y a las alheiras en invierno. La patata de Trás-os-Montes (IGP) aguanta la helada sin rechistar; cocida con col gallega y un hilo de aceite forma el plato fuerte. La miel es oscura, casi negra, dulce como el pecado; si tienes suerte te llevas un tarro de 1 kg recién extraído. Si quieres probarlo todo en un solo sitio, ve al Café Regional en la villa: te dirán al instante qué hay. No pidas carta; no la tienen.
Buen calzado y bastón
Los senderos del Parque salen de la misma aldea: coge la Levadinha, sube hasta los nacientes del Cávado y verás cómo el agua brota bajo la maleza. Son 8 km ida y vuelta, sobre granito pulido que resbala si llovió la víspera. Lleva agua: pasadas las 9 h el sol castiga y no hay sombra que valga. Cuando el viento gire a poniente, baja al café del pueblo: pide un cortado y escucha al señor António contar que el lobo «ni siquiera tiene miedo de los perros». No discutas, da las gracias. Al atardecer, el humo sube recto de las chimeneas; es la leña de roble que nadie paga. Si te quedas a cenar, hay morcilla con ajo y patata: no te extrañes si te sirven otra ración «para la carretera». Es señal de que les caíste bien.
*Embutido típico a base de carne y pan, sin tripa de cerdo.