Artículo completo sobre Santo André: bruma y granito a 840 m
Un pueblo de 149 almas donde la campana repite su eco desde hace 200 años
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El frío de la madrugada corta antes de que el sol asome sobre Santo André. A 840 metros de altitud, la niebla se aferra a las casas de granito y solo se despega cuando la luz roza las tejadas. El silencio lo rompe la campana de la iglesia que marca las 7.30: la misma que repica desde hace doscientos años. Aquí viven 149 personas: cuatro niños, 72 mayores y un puñado de quienes regresaron para cuidar a sus padres.
El granito y la fe
La iglesia de Santo André está en el centro porque ahí siempre estuvo. No tiene nada de particular: piedra, puerta de madera, dos ventanas estrechas. Dos veces al año se llena: en la Festa do Senhor da Piedace (mayo) y en la de la Senhora do Pranto (agosto). Los que se marcharon vuelven, se montan carpas en la plaza y se sirve vino de talha a las tres de la tarde.
Los hórreos son los verdaderos monumentos. Se alzan por los campos, algunos en ruinas, otros secando aún el maíz. Los muros de piedra seca que se ven desde el coche no son paisaje: son tapias que alguién alzó hace ochenta años y su nieto aún repara.
Qué se come
En el restaurante O Abocanhado (km 12 de la EN 308), el cabrito asa a la brasa tres horas. Se sirve con patata hervida y nada más: es lo que da la tierra. La carta no menciona indicaciones de origen, pero pregunte al señor António dónde compra los embutidos: «En la fábrica del Zé, junto al cementerio». La miel viene del Seixo, a 15 km, y el queso de Bica, donde doña Fernanda hace treinta piezas por semana.
Cómo llegar
Santo André está a 12 km de Montalegre por la EN 308. Hay un cartel a la entrada, pero nadie se detiene. Aparque en la iglesia y ande: son 500 metros de calle principal. El sendero del Corno do Bico empieza detrás del cementerio: 8 km, señales amarillas, lleve agua porque no hay bar por medio. En octubre, traiga abrigo: la nieve llega sin avisar.
El ahumadero de doña Albertina sigue encendido cuando cae la tarde. El olor a chorizo se escapa por la ventana de la cocina y recuerda que aquí aún se hace así —porque siempre se hizo así.