Artículo completo sobre Solveira: horno de broas y campanilla muda
En Montalegre, a 851 m, el aldea hornea broas y guarda una campanilla sin campana
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El humo asciende por la chimenea del horno comunitario sin prisa. No es blanco: es un gris azulado cargado de trocitos de hollín que se pierden en el cielo de fin de tarde. Dentro, las broas crujen con un sonido parecido al cristal resquebrajándose. María del Outeiro, con las gafas en la punta de la nariz, voltea cada una con la pala de madera como quien manipula a un recién nacido. En su cuaderno, junto al apunte «6 panes», hay una mancha de aceite de oliva y una huella dactilar de harina. A 851 metros de altitud, Solveira sigue horneando como si el mundo no hubiera inventado nada más.
La torre que nunca lo fue
En el centro de la aldea, lo que parece un campanario es solo piedra amontonada con un agujero para la campanilla. Nunca tuvo campana: albergaba una barra de hierro perforada que sonaba cuando el secretario de la junta parroquial la golpeaba con una llave inglesa. Servía para marcar la hora de la siega, del bautizo, del entierro. Hoy sigue ahí, pero nadie la toca. La campanilla acabó en casa de Antonio, que la guarda en la mesilla de noche como quien conserva un diente de leche. La iglesia de Santa Eufemia, al lado, tiene la puerta torcida bajo el peso de los siglos. Huele a cera recién fundida y a ropa guardada. La imagen de la santa tiene el rostro desconchado por donde cada año se toca en la procesión.
Lo que dejó el tiempo
En el lugar de los Molinos de Golas aún se hallan piedras surcadas: no se sabe si eran de molino o de lagar. Al lavar allí las patatas, a veces aparece una cazuela de cobre o un aro de latón. Los mayores dicen que son «los moros», pero son solo los antiguos que nadie recuerda. Aun así se guardan en cajas de zapatos, como si fueran fotos de familia.
Fiesta de fe y harina
El domingo siguiente al 8 de septiembre, el Señor de la Piedad sale a la calle. La procesión baja despacio porque las calles son de losa y la imagen pesa. La banda interpreta el «Ave María» con la concertina desafinando. A la puerta de la iglesia, doña Amelia corta el bolo dulce con un cuchillo de sierra; cada trozo lleva un papelito con el nombre de quien aportó huevos o harina. En mayo, la Señora del Llanto llega hasta el cruceiro y después se encienden hogueras con leña de alcornoque. Las chicas cantan el «Ó María, Señora del Llanto» mientras los chicos roban leña a los pajar de los abuelos. A finales de año, los críos todavía van de puerta en puerta pidiendo el «bolo-ranço». Les dan pan con panceta o un trozo de broa; nadie pregunta de dónde vienen.
Lo que se come siendo de aquí
La alheira llega a la mesa sin cortarse: se parte con la mano, como si fuera pan. La grasa chorrea y se mezcla con los grelos que la vecina trae en el delantal. El cabrito no es al horno: se guisa en cazuela, con salsa de vino y pimentón que tiñe el barro de rojo durante tres lavados. En la ahumadería de la tienda de Zezinho, las chourizos cuelgan al alcance de la mano y él deja probar un trocito antes de pesar. La miel es de Eduardo, que no es de Solveira sino de Portelinha: oscura, casi negra, y huele a madroño. Las cavacas se hacen con manteca de cerdo que aún hierve cuando se vierte sobre la harina. Quien no bebe vino, bebe agua del pozo. La cerveza artesanal es del mismo concejo, pero cuesta el doble que el vino de la tasca.
El sendero que no lleva a ninguna parte y a todas
La vereda empieza detrás de la casa del cementerio, donde la tierra huele a brezo mojado. Se pasa junto al pozo de San Juan, que no es pozo: es una laguna en la que los niños se tiran de bruces para atrapar libélulas. Luego se adentra entre carvajales donde los jabalíes remueven la tierra como quien abre la cama. Desde el mirador se ve entero el Larouco, con las antenas parpadeando como ojos de gato. En otoño, los castañares llenan sacos que se cargan a la espalda, uno a uno. La magosta se hace en el horno comunitario después del pan: las castañas saben a humo y a orujo de aceite.
Cuando sale la última broa y el horno se enfría, el olor a leña se pega a la ropa como un perfume que no se vende. Solveira no necesita campanilla: basta quedarse quieto y escuchar el regato que corre bajo el puente, o el roce de las vacas maronesas en los prados. Quien viene de fuera cree que es silencio. Quien es de aquí sabe que es la aldea hablando.