Artículo completo sobre Noura y Palheiros: viaje al corazón de Murça
Recorre la antigua aldea fronteriza donde el aceite, el jamón y la historia brotan de la tierra.
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El granito oscuro aflora entre las viñas como el esqueleto de un viejo que se niega a tumbarse. El sol del mediodía arranca destellos al pizarroso y el Tinhela, allá abajo, se arrastra entre choperas llevando en el aire olor a tierra removida y a resina que los pinos sueltan a la deriva del viento. A quinientos metros, Noura y Palheiros se extienden por más de cuatro mil hectáreas: olivar, viñedo y casas pegadas al terreno como quien se agarra a la barra del bar para no perder el hilo de la conversación.
Raíces que atraviesan milenios
Hace medio millón de años alguien ya dejaba aquí sus huellas. En Noura aparecieron lascas de sílex que lo demuestran; en el Castro de Palheiros, excavado entre 1995 y 2000, se ve dónde plantaron sus tiendas de piedra antes de que los romanos inventaran las carreteras. El Centro de Interpretación aún no ha abierto —están arreglando el tejado—, pero cuando lo haga mostrará murallas y ollas de barro que cuentan cómo se vivía cuando el Facebook era la hoguera.
El nombre Noura viene del árabe naùra, la noria que sacaba el agua con la ayuda de un burro; Palheiros recuerda los palomares de paja que servían de cobijo. Cuando don Sancho II otorgó carta de foro a Murça en 1224, Noura ya figuraba en el pergamino: aldea fronteriza entre la Tierra Fría y la Tierra Caliente, como quien está entre el fútbol y la petanca.
Aceite, carne y jamón: la despensa del Trás-os-Montes
En la cocina no hay grandes trucos: es el hambre la que enseña. El aceite DOP rezuma espeso de los lagares, la Carne Maronesa DOP sabe a brezo que pastó la vaca y el jamón de Vinhais IGP se va de vacaciones al ahumadero hasta tomar el color del humo de roble. El Cordero de Barroso IGP —lechal o recental— es el príncipe de la mesa de fiesta; el centeno ondula en las eras altas y los almendros se abren antes de tiempo, como quien llega pronto al bar y aún encuentra sitio.
Senderos entre viña y bosque
La senda que une Noura con Palheiros es un desplegable de tierra apisonada: se pasa por un lagar abandonado donde la piedra aún guarda arrugas de mosto, se cruza una levada que repartía el agua según quien gritara más fuerte. La Sierra de la Garraia, al naciente, es reserva forestal donde el mirlo canta alto y el eucalipto da nombre al Grupo Recreativo y Cultural —básicamente, el club de los domingos que aún resiste el suave vaivén del baile.
La parroquia forma parte del Camino Portugués de Santiago versión León de Rosmithal: pocos peregrinos, pero a los que aparecen les sueltan un «buen camino» y un vaso de agua. De los 812 habitantes, 266 tienen más de 65 años: son el archivo vivo que aún sabe podar la vid en la fecha justa y encender el ahumadero en noviembre sin mirar el móvil.
Cuando se pone el sol, el granito va cambiando de chaqueta —gris, dorado, violeta— y el olor a leña se mezcla con el perfume tardío de los almendros. Es en esa hora cuando Noura y Palheiros muestran lo que son: sitios donde el tiempo no pasa, se enraíza.