Artículo completo sobre Canelas: silencio, viña y café de Tía Amélia
En el anfiteatro de pizarra del Alto Duero, la aldea duerme entre viñedos y burros.
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La luz de la mañana entra rasante por los valles del Duero e ilumina los bancales de Canelas. La aldea se asienta a 442 metros de altitud, suspendida entre el río y la sierra, en un anfiteatro natural donde las viñas suben en terrazas de pizarra. El silencio aquí tiene peso —roto solo por el ladrido lejano de un perro o por el crujido de una puerta de madera vieja. Quinientos noventa y seis personas, según el padrón, pero en la calle solo se ve a Antonio regando la huerta y a la mujer del bar sacudiendo los paños. El resto son casas cerradas y ventanas con persianas bajas, como si el pueblo estuviera haciendo la siesta.
Piedra, viña y camino
Canelas está en el Alto Duero Vinícola, pero no es de esos sitios donde te hacen catas de vino y te explican la diferencia entre una Reserva y una Gran Selección. Aquí la viña es lo que queda entre los muros de pizarra que sujetan la tierra para que no se la lleve la primera lluvia. Uno se pasea por la aldea y ve más burros que personas —lo cual no es necesariamente malo, los burros son simpáticos y no se quejan del gobierno.
Dos monumentos catalogados marcan el paisaje. Digo «marcar» porque son como esas manchas de tinta que no se van del pantalón —están ahí, son antiguas, y nadie las quita. La iglesia es del siglo XIII, lo que en años de aldea portuguesa es como decir que tiene edad para jubilarse pero aún no le ha llegado la carta.
La parroquia forma parte del Camino Interior de la Vía Lusitana. Los peregrinos que pasan por aquí siempre preguntan lo mismo: «¿Esto va a dar a alguna parte?» Sí, va. Da al café de la Tía Amélia, donde se toma un café por sesenta céntimos y se come un pastel de nata que no es de Belén pero está para repetir.
La fiesta y el jamón
La Fiesta de Nuestra Señora del Socorro es lo que mueve la aldea. Es en septiembre, cuando los emigrantes vuelven con matrículas de Francia y Suiza, y las casas que estaban cerradas desde Pascua cobran vida. Hay procesión, misa cantada, y luego el convite en los atrios —donde circulan fuentes de embutidos y copas de tinto que el cura finge no ver.
El jamón es lo que es. No es «artesanal» ni «gourmet» —es jamón de cerdo que José Manuel crió en el patio, mató en invierno y curó en el ahumadero durante tres meses. Se corta a cuchillo, se come con pan de centeno y mantequilla casera. Quien venga aquí esperando encontrar «jamón ibérico de bellota con reducción de balsámico» puede irse a Caldas, que aquí eso no existe.
El peso de los números
Los datos dicen que hay 596 personas. En la práctica, son 50 niños, 198 ancianos y el resto son gatos. Las casas vacías son tantas que podrían montar un concurso: «Adivine cuál tiene gente.» Pero hay esperanza: cuatro casas de turismo rural donde se puede dormir por cuarenta euros la noche y donde el dueño, si le invitas a un chupito, cuenta la historia del pueblo entera —dos veces, porque a la tercera ya no se acuerda bien.
Lo que queda
Al final de la tarde, cuando la luz rasante incendia los bancales y las sombras se estiran por el valle, Canelas muestra lo que tiene: unas cuantas casas aguantando el tirón, un bar donde se juega a la sueca los martes, y un silencio de los buenos —de esos que no se compran con esencias de IKEA. Cuando la campana toca las avemarías, el eco recorre la ladera como un aviso: «Aún estamos aquí, a pesar de todo.» Y eso, en el Douro de hoy, ya es mucho.