Artículo completo sobre Loureiro: pan al alba entre viñas y pizarras
En este aldea del Douro, el horno enciende antes que el sol y las almendras dibujan la ladera
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El olor a leña quemada no miente: es día de pan. Los martes y viernes, Antón enciende el horno con aserrín de roble antes de las cinco de la madrugada. A las ocho, el aire ya pesa el perfume de los almendros en flor y el pan cae caliente en las manos de quien espera con la boina puesta. Por encima de los bancales, la ladera parece un libro abierto: cada muro de pizarra es una frase, cada viña una coma. Loureiro está a 357 metros, pero se sube más alto cuando se carga una cesta de uvas en verano.
Piedra, talla y devoción
La iglesia parroquial no tiene campana. Se llama a la misma puñetera palmeta que enseñó el abuelo: dos golpes, pausa, un tercero. Dentro, la tercera filpe emite siempre el mismo crujido: tercer asiento a la izquierda, donde la madera se ha podrido de ser la última en abandonar la misa. En el altar mayor, la talla dorada perdió un ángel: se desprendió durante la misa del Gallo de 1983. Nadie lo ha reparado; dicen que sigue ahí, entre el sagrario y la pared, guardando la memoria de lo que fue. La ermita de San Antonio, al lado, cierra los miércoles para que doña Amalia barra. Ella guarda la llave en el delantal y abre a quien llama con educación.
Viñas que suben, almendras que bajan
Las viñas empiezan donde acaba el huerto. Suben tan pegadas a las casas que, en agosto, los racimos tocan los cristales de los niños. La flor del almendro dura lo que un café: aparece de noche, en febrero, y ya ha caído cuando el bizcocho sale del horno. La ribera del Teja lleva agua solo después de llover; en verano es un hilo de piedras pulidas donde los críos cazan lagartijas. En el Cabeço dos Mouros, el mirador es un banco de pizarra con vista al lugar del que uno se fue. Se sienta quien quiere hacer cuentas de lo que dejó atrás.
Embutido, almendra y memoria
En casa de doña Elvira el embutido está colgado tan bajo que, si das un paso en falso, te llevas un chorizo en el ojo. Ella sal en diciembre, despiece en mayo, y entre mes y mes pasa a “dar una vuelta al humo” –empujar el humo con una vara de madroño, como aprendió de su madre. Los higos secos no se cortan con cuchillo: se parten con las uñas y se comen con queso de oveja cuando el vino es tinto. El aceite es de seis olivos que sobrevivieron a las heladas de 1991; da para un año, quizá dos, si la hija no se lo lleva a Lisboa.
El camino que atraviesa
El Camino de Santiago entra por arriba, junto al crucero roto, y sale por abajo, en el puente de las Poldras. Quien viene de fuera siempre pregunta si es aquí donde se come bien. Señalan hacia la terraza del Zé –una sola mesa de plástico y una cafetera–, pero el caldo verde se sirve con la cuchara de madera que él talló un domingo. Las Poldras son tres losas de pizarra que se resbalan cuando sube el agua. Se cruzan deprisa, mirando al lado, porque quien tropieza se lleva los pies mojados y la vergüenza de quien nació aquí.
Fiesta y permanencia
La Fiesta de Nuestra Señora del Socorro es el domingo más cercano al 15 de agosto. Antes de la misa, los hombres arrastran bancos a la calle y las mujeres ponen manteles de lino sobre las tablas de madera. A las once, la banda toca el mismo pasodoble de siempre; los mismos acordes, las mismas notas falsas. La procesión baja hasta el puente y vuelve a subir, parando frente a la casa de Joaquim para que vea la imagen desde la ventana –hace tres años que no sale, pero nadie le dice que ya no puede. Por la noche, los jóvenes que vinieron de fuera beben cervezas en el bar y hablan alto, como si la aldea fuera grande. Luego regresan a las ciudades, dejando a los padres guardando las sillas dentro de casa, para que la lluvia no estropee.
Cuando se pone el sol, el río se vuelve anaranjado y las viñas parecen fuego. El silencio es tan denso que se oye la voz del vecino contando el día, al otro lado del muro. Loureiro no pide visitas –pide que uno se quede el tiempo de un pan, de un cuento, de una copa de vino que no se bebe solo.