Artículo completo sobre Cerva y Limões: secretos de pizarra y albariño
Entre viñedos y pizarras, la unión de Cerva y Limões guarda el Portugal más crudo
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La caliza de la iglesia parroquial de Cerva acumula el calor de la tarde como quien guarda un secreto. La campana toca a vísperas y el sonido baja por el valle, roza los viñedos de albariño que aún están verdes de pena, y muere contra los muros de pizarra que los hombres alzaron para que las vacas no se escaparan. Aquí, a 358 metros de altitud, huele a tierra mojada cuando amenaza la lluvia: el mismo olor de cuando, crío, iba al colegio descalzo.
Esta unión de parroquias, inventada en 2013 pero que los vecinos llaman sin más «la aldea», abarca más de seis mil hectáreas donde caben dos parroquias y media. Con 38 personas por kilómetro cuadrado, es fácil perderlas de vista: cada casa tiene su huerto, su viña, su era donde el maíz espera octubre. De los 2 285 habitantes, la mitad se fue a Francia y volvió; la otra mitad nunca se marchó.
La herencia de piedra y devoción
Hay tres iglesias que merecen la pena. La de Cerva es la mayor, con ese atrio donde las viejas van un domingo sí y otro no, para discutir quién se murió peor o quién se casó peor. La de Limões es más pequeña, pero tiene unos retablos dorados que recuerdan a mi abuela cuando se pintaba para ir a la feria. Por medio, unas capillas en las que apenas cabe un gato, pero cada una con su romería, su promesa, su santo de devoción.
Por aquí anduvo el Condestable D. Nuno Álvares Pereira, dicen. Pero lo que realmente nos pone en el mapa es el padre Joaquim Afonso Gonçalves: el hombre que se fue a China a aprender chino y acabó enseñando chino a los chinos. La casa donde nació sigue en pie, con la puerta baja contra la que se dan los americanos cuando vienen a sacar fotos.
El calendario de las fiestas
El año gira en torno a las celebraciones. La de Nuestra Señora de Guía es la primera, luego llega San Pedro, después Fátima, y así sucesivamente. Siempre igual: procesión con pasos de flores que las mujeres empiezan a montar la víspera, banda de música en la que el chico del bar toca el trombón, y casetas donde se come chorizo con pan de millo y se bebe vino que hace cosquillas en la garganta. Los niños van con un globo en la mano, los mayores recuerdan cuando las fiestas eran otra cosa, y todo el mundo acude a la misa de fuego con la esperanza de encontrar a quien no veía desde el año pasado.
Sabores certificados de la tierra alta
Aquí se come lo que da la tierra. Carne Maronesa es la que los bueyes pastan por las sierras, no esa de los establos que hasta las vacas están deprimidas. Llega en trozos grandes al horno, o desmenuzada en el arroz que hace mi mujer: un plato que dura tres días y aún sobra para el perro. El cabrito es para ocasiones especiales, el cocido para cuando se reúne toda la familia y nadie quiere madrugar al día siguiente.
La miel es densa como promesa de político, el jamón se corta a cuchillo y se deshace en la boca como nieve al sol. El vino verde se bebe en copas pequeñas pero en gran cantidad: de esos que te hacen hablar inglés tras la tercera botella.
Hay diecinueve sitios donde dormir, pero vaya usted a saber dónde. Son casas particulares que aparecen en Booking, pero luego el dueño se le acerca al bar y pregunta si es ese alemán que llegó ayer. Uno despierta con el gallo, se levanta con el sol, y hay pan de millo en la mesa de la cocina que aún está caliente del horno de la vecina.
Al atardecer, cuando la luz se tuerce y las sombras se alargan como quien no tiene prisa, el valle queda en silencio. Solo se oye el agua en la levada, el ladrido de Silvio —el perro se llama Silvio porque es nombre de persona— y el crujir de la leña en las chimeneas que van encendiendo. El humo sube recto por los tejados, trazando líneas contra el cielo que oscurece despacio, como quien dice «hasta mañana, si Dios quiere».