Artículo completo sobre Santa Marinha: el Poio que susurra en Ribeira de Pena
Entre castañares y viñas, un pueblo de 551 almas guarda petróglifos y un puente romano
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El murmullo del río Poio llega antes que la vista: un susurro constante que asciende por el valle y se desparrama por las laderas de granito. Santa Marinha se extiende en 34,7 km² de ondulaciones verdes, entre los 300 y los 800 m de altitud, donde los castañares se agarran a las laderas y las viñas bajan en bancales hasta el agua. En los días claros, la piedra de los muros brilla con la luz de la tarde mientras el humo de alguna chimenea asciende lento entre los tejados de pizarra. Sólo 551 personas —menos que una cola para el billete del Madrid-Barça—, pero la falta de vecinos no es vacío: es poder estirar los brazos sin dar a nadie.
Grabados que atraviesan milenios
La parroquia guarda un secreto que pocos conocen: la Estación de Arte Rupestre de Lamelas, con más de cien paneles grabados en la roca. Círculos concéntricos, cazoletas y figuras geométricas marcadas hace miles de años como quien apunta un número en la puerta de un bar. El Sendero del Arte Rupestre, de cuatro kilómetros, une Lamelas con el puente romano sobre el Poio: un solo arco de catorce metros que ha resistido casi dos mil años de crecidas y trasiego. Dicen que lo construyeron los romanos; yo creo que fue alguien que entendía de ingeniería lo mismo que yo de ganchillo, pero ahí sigue.
En el centro, la iglesia parroquial de Santa Marinha se alza con la sobriedad barroca del siglo XVIII. Dentro, el retablo dorado brilla en la penumbra y los azulejos del Setecientos cuentan santos y milagros. Desde el atrio, la vista se abre al valle del Poio, donde los maizales alternan con viñedos y bosques de robles. Las capillas de Nuestra Señora de Guía y del Divino Salvador marcan el territorio como hitos espirituales —y también como buenos puntos de referencia cuando uno se pierde en la carretera de las aldeas.
Fiesta, hoguera y concertina
El calendario festivo de Santa Marinha late al ritmo de las romerías. El último domingo de agosto, la procesión de Nuestra Señora de Guía recorre las calles con pasos engalanados, seguida de verbena que se alarga hasta la madrugada. En septiembre, las Fiestas del Divino Salvador y de la Señora de las Angustias mezclan fe y música —y ocasión de zampar bocadillos de ternera a tres euros hasta dejar el plato blanco. El 29 de junio, San Pedro de Cerva enciende hogueras y saca las concertinas. Es como la noche de San Juan en Oporto, pero en vez de martillos hay gaitas y en vez de multitud hay sitio para bailar sin recibir un codazo.
En julio, la Feria del Lino revive el oficio de hilar y tejer. Mi abuela decía que «el lino es como el buen vino: cuanto más se usa, mejor queda». Hay demostraciones en vivo, exposición de piezas antiguas y venta de productos artesanos. Hace tres años compré un mantel que todavía no suelta un solo hilo —recomendado.
A la mesa con el Tâmega
La ternera maronesa DOP llega a la brasa o guisada, tierna como sólo la raza autóctona sabe ser. El cabrito se asa en horno de leña hasta que la piel cruje: suena como el primer corte en una broa recién hecha, pero mejor. Los embutidos ahumados cuelgan de los trenzados, perfumando el aire con madera de roble. Los Milhos Esfuçados, de mijo pequeño con col y alubias, son lo que hacía mi madre cuando el presupuesto apretaba pero la familia era grande. «Esfuçar» es lo que haces cuando ves la televisión y el plato está caliente: soplas hasta quemarte la lengua o hasta que enfríe, lo que antes ocurra.
Del Poio salen truchas fritas o a la plancha, frescas como el pan que sale del horno a las siete. Para endulzar, la miel de las Tierras Altas del Miño DOP cae dorada sobre la broa oscura —y si cae al plato, no se limpia. Se deja, que la broa después lo agradece. Todo se acompaña de vino verde de la subregión de Basto. No es de los famosos, pero es como el primo que no sale en las fotos de familia: siempre presente y nunca falla.
Vendimia y cielo estrellado
Septiembre trae la vendimia a las viñas de la Quinta do Paço, donde aún se pisa la uva en lagar tradicional. Quien participa prueba el mosto directamente de la pipa: dulce, turbio y con ese sabor a uva que los niños robaban de las parras. La playa fluvial de Cerva tiene aguas limpias y zona de merenda bajo sombra. Es como la playa de Porto, pero sin hamacas a cinco euros y sin música a gritos. Por la noche, en Lugar do Poio, lejos de cualquier contaminación lumínica, el cielo se abre en constelaciones nítidas. La Vía Láctea se dibuja como un rastro de polvo blanco —o como el camino de tierra que mi abuela barría cada mañana, pero en versión cósmica.
Cuando la campana de la iglesia da las seis de la tarde, el eco recorre el valle despacio, rebotando en las laderas hasta perderse en el murmullo del río. Es en ese instante —entre el último toque y el silencio que sigue— cuando Santa Marinha se revela entera. Como cuando cierra el bar y te quedas cinco minutos en la puerta, aprovechando los últimos sorbos antes de volver a casa.