Artículo completo sobre Celeirós: el Duero en un vaso de vino blanco
Pueblo de 201 almas donde el reloj va lento y el mosto mancha los pies
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La luz de la mañana se demora en los terrazos como quien no tiene prisa. Celeirós despierta despacio — 201 vecinos, aunque parecen menos: la mitad se fue al Porto o a París. Quien se queda oye los pasos resonar en las calles de losas sueltas y distingue al forastero enseguida: los zapatos suenan distinto.
Raíces medievales en el corazón del Duero
Dicen que el nombre viene de celebris, pero lo cierto es que en 1160 el rey le concedió carta de villazgo y la aldea empezó a valer algo. Después llegó el Duero demarcado en 1756 y el vino blanco de Celeirós acabó en las “factorías finas” —vendía bien, no era un tinto para fregar copas. La iglesia de San Pedro, de 1777, es juanina en la medida que el dinero permitió: torre más esbelta que el resto, reloj que siempre va cinco minutos retrasado y campanas que sueltan toques imposibles porque al sacristán le gusta variar.
Dentro hay una custodia del siglo XVIII que solo se enseña cuando al cura le apetece. Insista: es de cuando el oro era oro y no papel de estraza.
Viñedos que moldearon la montaña
Los bancales son de piedra seca: si cuenta las pizarras que sostienen cada terraza, llegará al número de días que la familia lleva aquí desde el bisabuelo. A finales de septiembre se celebra la Lagarada —no es espectáculo para turistas, hace falta quitarle el mosto a los pies. Quien quiera puede pisar, pero calce zapatos viejos: el tinto tacha durante tres años.
El vino se encuba, el jamón entra en la estufa. Si aparece por una quinta a la hora del aperitivo, le pondrán una loncha tan fina que se ve el plato por debajo. No la rechace: mala señal decir que está a régimen.
Pueblo pequeño, memoria larga
De los 201 empadronados, 56 fueron a la primera comunión en bici y ahora llegan al bar con andador. La escuela cerró, pero abrió una academia de música que enseña gaita de fuelle a críos que jamás han visto un campo de batalla.
En junio se celebra la fiesta de San Pedro: regresan los emigrantes, el grupo folclórico sacude el polvo a los trajes y los fuegos de artificio certifican lo que la Seguridad Social no paga. En diciembre la patrona se hace al sol, pero aun así se va a la misa del gallo: noche despejada y un cielo sin contaminación que parece a punto de caer encima de la torre.
Cuando se pone el sol, el valle huele a pizarra recalentada y a viña que aún exuda el día. Es ese olor el que se lleva en la maleta: mezcla de uva, leña y añoranza. Si vuelve, no se extrañe: la aldea sigue igual de grande; solo los nietos han crecido.