Artículo completo sobre Vilarinho de São Romão: piedra, viña y jamón
Pueblo del Alto Douro donde el granito, el vino y el presunto cuentan el tiempo
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La calzada cruje bajo los pies: piedra irregular que lleva siglos contando el paso del tiempo en cada desnivel. Vilarinho de São Romão se alza a casi quinientos metros de altitud, enroscado en un pliegue de tierra donde el granito asoma entre viñedos que bajan en bancales. El viento trae olor a tierra labrada, mezclado con humo de leña que sale por las chimeneas bajas. Son 237 vecinos: cada rostro es conocido, cada puerta se distingue a lo lejos.
Tres romerías, tres tiempos
El calendario religioso marca el compás: Nossa Senhora da Azinheira, Nossa Senhora da Saúde y el Señor Jesús de Santa Marinha. No son procesiones para turistas: son compromisos antiguos, renovados cada año con la misma seriedad con la que se poda la vid o se cura el jamón. La iglesia parroquial y la capilla de Santa Marina figuran como Bien de Interés Público, pero no hay placas. Llevan ahí siglos, y ahí se quedan.
Vino y jamón: geografía que se come
Vilarinho está en el Alto Douro Vinhateiro, Patrimonio de la Humanidad. Pero aquí la viña es trabajo, no postal. Los bancales suben la ladera con la terquedad de quien conoce cada palmo de pizarra. En las casas de ahumado, colgado de varas de castaño, madura el Presunto de Vinhais IGP —o Bísaro, si es de la raza autóctona. El ahumado lento, a base de leña de roble, tarda meses. No hay atajos.
El peso de los números
Diecisiete jóvenes menores de catorce años. Setenta y seis mayores de sesenta y cinco. La escuela aún tiene alumnos. El bar abre a las siete de la mañana. La tasca sirve caldo verde los sábados. Hay una casa rural para alojarse —la única. Basta para quien viene a escapar de las rutas saturadas de Pinhão.
Silencio con sustancia
No hay miradores ni estrellas Michelin. Hay viñas centenarias que se recorren a pie —ojo con los perros guardianes. El trabajo es manual; la mecanización es imposible en estos desniveles. El jamón se corta a cuchillo sobre pan de millo. Pan de millo, no broa. Es distinto.
La campana da las seis. El eco tarda segundos en morir entre las casas de granito. Cuando vuelve el silencio, se oye el tractor de José y el perro de Joaquim. Es el sonido de un lugar que sigue vivo, aunque en voz baja.