Artículo completo sobre Cumieira: jamón curado entre viñedos de pizarra
Cumieira (Santa Marta de Penaguião) une jamones de Vinhais, viñedos Patrimonio y bodegas centenarias en el valle del Duero.
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El olor a leña sube por la ladera antes de que aparezca la aldea. Es septiembre y, desde los secaderos de Cumieira, se escapa el humo dulce y denso que cura el jamón de Vinhais, colgado de ganchos de hierro forjado desde hace generaciones. El granito de las paredes absorbe el calor de la tarde y lo devuelve en oleadas que hacen temblar la línea del horizonte sobre los bancales. Aquí, a 296 metros de altitud, el valle del Duero se abre en terrazas de pizarra donde la viña crece agarrada a la piedra, trazando curvas que la UNESCO reconoció Patrimonio de la Humanidad en 2001.
El peso del barroco sobre la memoria
La iglesia parroquial se alza en el centro como una prueba de terquedad colectiva. Reconstruida en 1926 tras un incendio que lo devoró todo salvo el retablo barroco del siglo XVIII, el templo guarda en sus paredes encaladas —imitando mármol— la historia de las reformas que la Universidad de Coimbra mandó ejecutar. Tres bienes catalogados como Bien de Interés Público se concentran en esta parroquia de apenas 1.006 habitantes: la iglesia, el cruceiro principal de granito labrado y un lagar centenario donde aún se pisa la uva de pie, a la antigua usanza. En el atrio, el cruceiro proyecta una sombra corta al mediodía; allí se reúnen los hombres después de misa, hablando bajo sobre la vendimia que se aproxima.
Viñedos que trepan al cielo
Los bancales del Alto Douro Vinhateiro suben la ladera en tramos irregulares, sostenidos por muros de pizarra levantados a mano sin argamasa. Entre las cepas, olivos centenarios de tronco retorcido y huertos de cítricos que en mayo llenan el aire de un perfume azucarado y casi narcótico. El Camino del Sousa, sendero de cinco kilómetros que une Cumieira con Sousa, serpentea entre las parcelas, cruza acequias que riegan las huertas y los pozos donde, en verano, los críos se tiran de cabeza al agua fría del río Sousa. Desde el mirador del Cume, el valle se despliega entero: un tapiz de verdes oscuros y marrones que cambia de tono según avanza la luz rasante de la tarde.
La mesa que celebra la tierra
En época de vendimia, las cenas comunitarias alargan mesas bajo las parras. Se sirve chanfana de cabrito cocida en olla de barro, arroz de sarrabulho humeante, açorda de bacalao coronada con huevos estrellados que se rompen al toque del tenedor. El jamón de Vinhais IGP, curado en los secaderos de la aldea, se corta fino como papel de seda, translúcido y perfumado. Acompaña broa de maíz aún caliente, queso de oveja curado en aceite y el vino tinto Douro DOC que cada familia guarda en las cuevas de granito. En las fiestas se ofrece a los visitantes el dulce de calabaza estrellada de Cumieira, receta que Joaquina de Jesús Cunha, la maestra que alfabetizó a tres generaciones entre 1953 y 1987, dejó escrita en un cuaderno de tapa negra que aún circula por las cocinas.
San Pedro y el fuego que une
La fiesta de San Pedro, el 29 de junio, transforma la aldea. La procesión sale de la iglesia a las nueve de la mañana y sube hasta la capilla de San Pedro, pequeña ermita de paredes blancas construida en 1874 donde el santo espera bajo un dosel de flores de papel. Por la noche, las hogueras se encienden en las plazas y el olor a sardina asada se mezcla con el humo de la leña. Hay baile al son de concertinas y los mayores enseñan a los nietos las danzas que aprendieron cuando tenían su edad. El domingo de Pascua se quema el Entrudo en la vecina aldea de Louredo y se reparte folar; en verano se organiza la romería a la cima del monte, caminata de tres kilómetros que termina en un picnic campestre donde se bebe vino nuevo directamente de las botellas de vidrio grueso.
Cuando el sol se pone tras los riscos de granito y la luz roza las copas de las viñas, el humo de los secaderos vuelve a subir, vertical y lento. Entonces el silencio de la aldea gana espesor, roto solo por el lejano tañido de la campana y el eco de los pasos en la calzada irregular. El olor a leña se queda en la ropa, en la piel, en la memoria: marca indeleble de quien pasó por Cumieira y se llevó el sabor ahumado del tiempo.