Artículo completo sobre Louredo e Fornelos: valle de viñedos y hornos romanos
Louredo e Fornelos, en Santa Marta de Penaguião, te esperan con viñedos en anfiteatro, playa fluvial de agua helada y horno romano sin cartel.
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El Aguilhón que no corre
El agua del Aguilhón no lleva prisa. Se desliza entre pizarra y granito como quien baja al bar y ya vuelve, mientras los sauces dan sombra de sobra para una partida de mus. La campana de San Cristóbal marca las horas como un vecino que recuerda que aún no son las cuatro — y nada más. Abajo, en la Unión de Louredo y Fornelos, el valle se abre en anfiteatro natural donde las viñas subden a cepa, unas tras otras, como quien va a por pan.
Siglos de piedra
Junto a la playa fluvial, el horno romano. Carece de cartel que diga «haz clic aquí», pero lleva dos mil primaveras a cuestas. Es circular, hecho de ladrillos que han visto nacer y enterrar, y aún guarda el olor a leña quemada de quien fabricaba ladrillos para los demás. Fue él quien dio nombre a Fornelos —los «hornillos»— y ya aparecía en las Inquisiciones de 1220 como quien entra en la taberna: sin alharaca.
La iglesia de San Cristóbal, arriba, es de las que se hacían para durar más que los hijos. El retablo mayor parece que el oro aún está fresco, tal la cantidad que metieron en el siglo XVIII. Se entra con la cámara apagada y se sale con ganas de llamar al abuelo. En Fornelos repiten fórmula: talla dorada al rojo vivo, techo pintado con santos que parecen decir «oye, Marcos, más despacio».
Viñedos y agua fría
Las viñas están plantadas a 425 metros, lo que basta para ver todo el Duero sin pagar butaca. Los senderos serpentean entre muros de pizarra donde el musgo crece más deprisa que las noticias. En verano, la piedra calienta por la mañana y devuelve el calor por la noche, oliendo a romero que nadie sembró.
La playa fluvial, hecha en 1998 y ampliada en 2012, es el sitio donde las toallas se tienden con la misma despreocupación de quien tiende ropa en el patio. El agua del Aguilhón es fría como para recordar que no todo en la vida es Instagram. El bar sirve blanco helado en vasos que sobreviven a tantas caídas como un Nokia 3310. Los niños hacen presas de piedra que duran hasta la cena.
Sabor a ahumado y tradición
En las tascas, el jamón de Vinhais llega en lonchas tan finas que se ve el plato por el otro lado. Se come con broa de maíz que aún está caliente del horno de doña Alice y aceitunas que saben a domingo. La feijoada à transmontana viene en cazuela de barro que se escurre si la dejas quieta. El vino del Duero no pide permiso: se sienta a la mesa y se queda de charla hasta las tantas.
La Fiesta de San Pedro es lo que es: procesión, misa con armónica que suena medio tono más bajo, verbena con luces de Navidad en junio. El olor a sardina se mezcla con el humo de las hogueras y la concertina no descansa mientras haya un par de pies capaz de dar tres pasos.
Al caer el día, el Aguilhón guarda el reflejo de las viñas como quien guarda un secreto familiar. Se lleva en la boca el sabor del jamón, en la ropa el olor a ahumado y en la cabeza la certeza de que volver es solo cuestión de tiempo.