Artículo completo sobre Canaveses: el pueblo que huele a jamón bisaro
Diecisiete casas, ciento setenta almas y un sótano donde el tiempo se cura en embutido
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La carretera sube, gira, baja, y cuando crees que ya no lleva a ninguna parte, ahí está: Canaveses, agarrado a la ladera como quien se asoma al balcón a ver la procesión. Diecisiete casas, dos aún echan humo por la chimenea, una tiene la puerta abierta y se oye el «¡Sí, señor!» de José Manuel al teléfono. Ciento setenta personas, pero en realidad son cuatro niños, noventa y tantos mayores y el resto que se escapa los martes y viernes al Intermarché de Valpaços a hacer la vida.
Tierra de pocos, memoria de muchos
No hay terraza, ni cafetería, ni quiosco. Hay la ermita de San Antonio, la fuente donde la gente llena garrafas los domingos y el granero de la parroquia que a veces sirve para la cena de cumpleaños de doña Aurora —la que cumplió 90 y pela mandarinas más deprisa que yo. Las casas vacías son tantas que João Baptista —el de la moto azul— se hace con siete llaves y las sube a Wallapop: «vale para casa de fin de semana o para guardar herramientas». Pero en los huertos hay pies de cabrito, hay nísperos que saben a infancia de todo el mundo.
El embutido como biblioteca viva
No pienses en carta. Aquí se comen cocidos el lunes, sobras el martes, feijoada el miércoles si el cerdo se mató el fin de semana. El embutido cuelda del sótano de Maria Alice; ella abre la puerta y el olor te da en la cara como quien dice «pasa, pero no te entretengas». El jamón es bisaro, es de cerdo celta, del que mordisqueó bellotas en el monte de detrás de la aldea. La miel viene del Celairó, del medio de la sierra, y si le preguntas cuál es el secreto responde «mira, es no dejar que las abejas se enteren de que vas a robarles». No hay restaurante, pero si llegas a la hora justa siempre hay sitio para uno más a la mesa —lleva solo el apetito y no hables de gluten.
Paisaje sin adjetivos
Sal de la carretera, sube el camino de la fuente de la Pipa y sigue hasta el muro donde Xico dejó la azada oxidarse. Desde arriba ves casi todo: el centeno ondulando como quien busca coger una ola, la dehesa que aún guarda los primeros manantiales, la aldea abajo que parece un botón de calabaza olvidado en el plato. No hay placas, ni selfies, ni yoga al atardecer. Hay viento que se lleva la palabra antes de que acabemos la frase y, en invierno, un frío que hace que el cigarro dure el doble.
El peso del vacío
Cuando el sol se pone detrás de San Antonio las piedras de las casas se vuelven color miel y hasta el perro de Loura deja de ladrar, como si viera la tele gratis. Es entonces cuando entiendes: Canaveses no es sitio para pasar vacaciones, es sitio para quien ya no quiere ir a ninguna parte. La puerta cruje, el gato cruza, doña Aurora enciende la luz de la cocina y su sombra se proyecta en la pared como una película muda que ya han puesto doscientas veces. Y está todo bien así: el mundo sigue corriendo allá afuera, y aquí se quedan la piedra, el embutido, la memoria —y João Baptista, que aún no ha encontrado comprador para la tercera casa, pero ya tiene las llaves hechas, por si acaso.