Artículo completo sobre Carrazedo de Montenegro: pizarra, cabrito y reloj lento
A 719 m, entre hayas y chorizo ahumado, Valpaços guarda su alma rural
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El olor a chorizo ahumado se cuela por las chimeneas de pizarra cuando la niebla aún se arrastra por los bancales, antes de que el sol asome. Parece que el pueblo entero desayuna a la vez. A 719 metros de altitud, Carrazedo de Montenegro y Curros comparten la misma factura: granito, pizarra y la certeza de que el reloj aquí anda más lento. El padrón dice 1.643 vecinos, pero por estos lares nadie cuenta los que están «arriba»; se contabiliza quien se sienta en la taberna al caer la tarde.
El camino de los peregrinos y la memoria de la piedra
La iglesia parroquial está ahí desde que nuestros abuelos eran niños, con su retablo dorado que rescata el recuerdo de las fiestas mayores, cuando todo el mundo se vestía de domingo. Lo que pocos saben es que antes ya existía una ermita de Santiago — y eso lo explica casi todo. El puente medieval sobre el Tinhela sirve hoy para que pasen los tractores, pero vio partir peregrinos con los pies rotos y mercaderes regateando el precio del vino. El pelourinho, el único del municipio, fue reconvertido en mojón de término en 1835; aún se adivinan las muescas donde se ataba a quien no pagaba los impuestos.
Entre hayas y caballos de gala
Agosto es mes de fiesta. En Curros, la procesión de la Asunción baja la calle principal con ese gentío que solo se reúne una vez al año. En Carrazedo, la «Cavalhada» es otra historia: los caballos visten de gala como si fueran a una boda y las hayas adornan las casas como si hubieran nacido entre la pizarra. El «Compasso» de Pascua es la vuelta que se da para bendecir los campos y, de paso, comprobar quién está en casa. El folar de Valpaços no es un simple bollo: es moneda de trueque cuando la vecina trae huevos frescos.
Cabrito, pizarra y sabor de la Terra Quente
Aquí la comida no se posa para la foto. El cabrito de «O Lagar» se hace como siempre: en horno de leña, sin prisas, con un aroma que se huele en toda la calle. La chanfana es de las que se mojan con pan casero para no perder ni una gota de salsa. En invierno, el caldo de nabo con alubias calienta a quien vuelve del campo; si aparece un forastero, se sirve en la misma cuña, sin protocolo. El vino sale de las pequeñas quintas: joven en la taberna, añejo para los días señalados. Los suspiros de Montenegro son esos dulces que las abuelas preparaban para acompañar el café y que los nietos se zampan antes de que ellas se den cuenta.
Senderos de pizarra y aguas secretas
El Trilho do Xisto es la trocha que se usaba para ir a Curros antes de que llegara la carretera: tres kilómetros que parecen treinta con un saco de patatas a la espalda. La Mata de Carrazedo es pequeña, pero suficiente: los críos recolectan castañas y los mayores enseñan a distinguir roble de alcornoque. El alcornoque monumental de Cimo de Vila supera los doscientos años y ha dado ya varias cortezas. El molino del Tinhela gira cuando crece el caudal; en la noche de San Juan, los chicos aún acuden al Poço dos Namorados a lanzar ramas de laurel. No se pregunta por la chica: eso queda entre el muchacho y la fuente.