Artículo completo sobre Santa Maria de Emeres: castaños, embutido y miel en Valpaços
Pasea entre castañares milenarios y prueba chorizo de vino en el Festival del Embutido
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El humo sale recto por la chimenea de pizarra y trae el olor denso de la leña de castaño mezclado con el aroma dulzón del embutido que cura en el cobertizo. Es febrero en Santa Maria de Emeres y, en la plaza junto al cruceiro de piedra, se prepara el Festival del Embutido y la Miel: mesas largas donde brillan rodajas de chorizo de vino, salchichón oscuro de especias y frascos de miel ámbar de la Terra Quente. A 501 metros de altitud, el frío de la mañana pellizca la cara, pero el sol ya calienta el granito de los muros que suben en bancales por la ladera.
La geometría de la castaña
Esta parroquia de 311 habitantes guarda una de las mayores concentraciones de castañares centenarios del municipio de Valpaços: unas 120 hectáreas de castaños que en otoño cubren los caminos de erizos abiertos y hojas color óxido. La Ruta de la Castaña —siete kilómetros circulares que unen Emeres con Vilar y Cimo— atraviesa muros de pizarra donde crecen romeros y retamas y pasa junto a hórreos de madera ennegrecida por el tiempo. En el lugar de Vilar sobrevive un hórreo comunitario de cuatro compartimentos, rareza arquitectónica que atestigua la gestión colectiva de la cosecha.
En los años cincuenta, dos pequeñas destilerías móviles recorrían estas aldeas para transformar el orujo en aguardiente, servicio hoy extinguido cuya memoria persiste en las botellas de aguardiente vieja de viña que aún circulan de mano en mano en las celebraciones.
Piedra, agua y devoción
La iglesia parroquial se alza en el centro de la aldea, templo manierista-barroco de nave única con retablo mayor tallado y torre campanario que marca las horas sobre el valle. Fue el padre João de Mesquita Pimentel, párroco y escritor, quien dejó a principios del siglo XX la primera descripción sistemática de la parroquia en su monografía «Memorias de Santa Maria de Emeres». Más tarde, el etnólogo António José Pires impulsó la recuperación del patrimonio rural y creó la ruta peatonal que hoy lleva a los caminantes hasta las orillas del arroyo de Emeres, donde los molinos de piedra aún muelen cuando el agua corre abundante —lo que, confieso, ocurre cada vez menos. La última vez que pasé, el molino estaba seco como una galleta.
La romería del 15 de agosto en honor a Santa María trae música de tambores y concertina, procesión y feria de dulces regionales: el formigo de miel y nuez, espeso y pegajoso, se vende en tablas de madera. El domingo de Pascua, el Círio de Emeres reúne peregrinos que suben a pie hasta la iglesia parroquial, cumpliendo una tradición que atraviesa generaciones. Es como ese bar que la gente sigue frecuentando aunque haya tres Starbucks en la calle de abajo.
Lo que se pone en la mesa
El cabrito se asa en el horno de leña hasta que la piel cruje. El cordero Terrincho DOP guisa lentamente con castañas que se ablandan en el jugo oscuro. Los rojões a la manera de Valpaços llegan a la mesa con patata de Trás-os-Montes IGP cocida en cazuela de barro. El folar de Valpaços IGP —dulce de huevo y canela— se parte aún templado, liberando vapor aromático. En las bodegas frescas curan quesos Terrincho DOP de pasta dura y sabor intenso, mientras en las estanterías los embutidos cuelgan en ristras: alheira clara, chorizo teñido de vino tinto, salchichón espolvoreado de pimentón.
Cuando la tarde enfría y las sombras de los castaños se extienden por los bancales, el canto del mirlo negro retumba en el valle. No hace falta reloj: basta escuchar la campana de la torre y ver el humo que sigue subiendo, recto y persistente, por las chimeneas de pizarra. Como decía mi abuelo: «En Emeres, el tiempo se mide por el estómago y por el olor a leña quemada».