Artículo completo sobre Lagares rupestres de Santa Valha: vino de piedra
Veintinueve lagares tallados en granito guardan la memoria del vino romano en Santa Valha
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El granito oscuro brilla bajo el sol del mediodía, pulido por dos mil años de pies descalzos, pezuñas de burro y suelas de bota. En los lagares rupestres de Santa Valha, la piedra conserva aún el surco donde la uva estallaba bajo el peso de los hombres, el canal por donde el mosto corría hacia la pila excavada al lado. Son veintinueve —el conjunto más grande de la Tierra Quente Transmontana— desperdigados entre viñedos y matorral, cada uno testigo mudo de que aquí, entre los siglos I y IV, alguien pisó uvas y llenó ánforas bajo el mismo cielo.
Piedra que cuenta siglos
En el monte al sur de la aldea, el castro prerromano alza aún tramos de muralla entre brezos y cantos rodados. Fue aquí donde nació la iglesia matriz en 1657, fundada por el abad Nuno Álvares sobre cimientos anteriores: tumbas antropomorfas talladas en la roca, fragmentos de cerámica, una moneda de Antonino Pío que alguien perdió hace mil ochocientos años. El atrio respira historia sin alarde: la talla barroca de la capilla, la mansión de los Ciprestes con el escudo de Gonçalo de Morais fechado en 1653, las paredes encaladas que reflejan la luz cruda de Trás-os-Montes.
Más abajo, el Pedregal del Canamão desafía la lógica: dos mil quinientos metros cuadrados de bloques de granito oscuro, amontonados sin explicación geológica confirmada. El silencio allí es denso, apenas roto por el crujido de lagartos entre grietas.
Embutido, queso y folar
La cocina de Santa Valha no necesita artificios. El cordero Terrincho se asa en el horno de leña alimentado con roble, la grasa chisporrotea y cae sobre la plancha, el humo sube espeso y perfumado. El cabrito transmontano se engrilla despacio, adobado solo con sal gorda y ajo. Sobre la mesa, rebanadas gruesas de folar de Valpaços —pan dulce relleno de embutido, denso y húmedo— acompañan queso Terrincho curado y jamón de Vinhaís cortado al cuchillo. La castaña de la Terra Fria entra en la sopa de otoño, la patata transmontana guisa el cocido portugués que hierve horas en la cazuela de hierro. El vino regional, tinto de altitud, baja áspero y honesto.
Senderos entre lagares y arroyos
La ruta peatonal «Lagares de Santa Valha» serpentea cinco kilómetros entre viñedos y olivares, enlazando los lagares rupestres con el castro y los antiguos caminos de trashumancia. Los arroyos bajan de la sierra de Alvão con aguas cristalinas que alimentaron los molinos harineros, hoy en ruinas, donde la piedra de moler gira suelta aún en el eje. En el valle, la ermita y el cementerio del poblado extinto de Calvo se alzan entre zarzas —resto de una aldea que tuvo horno comunitario y mina de wolframio, abandonada cuando los hombres partieron a Francia en los años sesenta.
El grupo folclórico mantiene vivas las cantigas ao desafío y los bailes transmontanos, pero hay que reservar con antelación. Las ferias mensuales de ganado y artesanía terminaron en los ochenta, cuando el ayuntamiento exigió licencias que nadie aquí supo cumplimentar. Hoy, los trescientos diecisiete habitantes —ciento cincuenta con más de sesenta y cinco años— guardan la memoria de los lagares, de los castros y de los escudos.
Al atardecer, el granito de los lagares se enfría deprisa, pero conserva aún el calor del día en las grietas. Es allí, con la mano posada sobre la piedra lisa, donde se siente el peso exacto de dos mil años.