Artículo completo sobre São João da Corveira: humo de ahumadero en enero
Pueblo de Valpaços donde el cerdo curado se hace desde hace siglos
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El humo se alza de los ahumaderos antes de que el sol despunte del todo sobre la sierra. A 832 metros, el frío de enero pica la piel, pero es precisamente en este mes cuando São João da Corveira despierta impregnada de aroma a leña de roble y carne curada. En las casas de piedra, las manos trabajan como hace generaciones: atan chorizos, frotan sal gruesa en la paleta, rellenan tripas con la masa de la aliheira. El invierno aquí no es sinónimo de letargo: es estación de transformación.
La feria que ha sobrevivido dos siglos
Desde hace más de doscientos años, la última noche de enero congrega a medio mundo en la Corveira. La Feira de São Brás, conocida también como Feria del Ahumado, es anterior a la República, al ferrocarril y a la luz eléctrica. Nació cuando el cerdo curado servía de moneda de cambio y garantía la supervivencia, no cuando era recuerdo turístico. El 31 de enero y el 1 de febrero, los puestos se despliegan por la aldea: jamones enteros colgados como trofeos, salchichones enrollados con cordel, aliheiras doradas por el humo. El aire se vuelve denso, casi sólido, de grasa y especias. Entre las voces de los vendedores suena el trasmontano cerrado, el que aún dice «home» en vez de «hombre» y conserva expresiones que Oporto y Lisboa hace tiempo olvidaron.
El peso de la matanza
La gastronomía no es espectáculo: es calendario. Cuando llega San Martín, las familias se reúnen para la matanza del cerdo, ritual que ocupa dos jornadas y moviliza a vecinos de todas las edades. El animal se convierte en decenas de productos: chorizo de carne y de sangre, salchichón de lomo, jamón que se colgará en el ahumadero durante meses. Todo se acompaña con broa de centeno, pan denso que cruje entre los dientes, y vino tinto de Trás-os-Montes, corpulento y áspero como el clima. No hay desperdicio: hasta las orejas y el morro acaban en la caldeirada.
Bajo la protección de Malta
São João Baptista da Corveira —el nombre completo casi ha caído en desuso— fue enclave de la Encomienda de Malta, un estatus que le otorgaba privilegios fiscales y jurisdicción propia. La iglesia actual, reconstruida en el siglo XVII, conserva poca pompa medieval, pero la memoria persiste en los libros parroquiales. Durante siglos la parroquia dependió del municipio de Carrazedo de Montenegro, hasta que en 1853 la reorganización administrativa la integró en Valpaços. El topónimo «Corveira» genera debate: unos aseguran que procede de los cuervos que sobrevolaban los campos; otros sostienen que deriva de «corva», la pronunciada curva del terreno.
La lana que nace del pantano
Entre sus 455 habitantes —209 con más de 65 años— sobrevive un saber escaso: la recolección de sumaúma. En los pequeños pantanos que salpican la parroquia crece esta planta de pelusa sedosa, usada tradicionalmente para rellenar almohadas y cojines. Es un trabajo pausado, de manos expertas que conocen el momento exacto de la cosecha, normalmente en agosto, cuando la flor se abre al sol. Antes, las mujeres iban descalzas a las brañas a recolectarla y la guardaban en fundas de lino que duraban décadas. Pocas aldeas trasmontanas conservan esta práctica, transmitida de voz a voz de abuelas a nietos, sin manuales ni certificados.
Los ahumaderos vuelven a soltar humo cuando la tarde enfría. En las calles desiertas, el viento trae el olor a chorizo curado y leña de castaño. Hay quien dice que el aroma se impregna en la ropa, en el pelo, en la propia piel de quien vive aquí. Y que, incluso lejos, basta cerrar los ojos para regresar.