Artículo completo sobre Mateus: el pueblo donde el barroco duerme entre viñas
Cedros centenarios, palacios dorados y vinos que viajaron al mundo
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El granito de la escalinata se calienta con el sol de la tarde y las sombras de los balaustres barrocos dibujan encajes en el suelo del patio. En el jardín, el cedro centenario —treinta y cinco metros de alto, plantado en 1635— se inclina ligeramente hacia el este, como si señalara el camino de las viñas que ascienden en bancales hasta el límite del Parque Natural de Alvão. El silencio es denso, solo roto por el murmullo del agua en los estanques de boj y el trino lejano de las golondrinas. Mateus respira al ritmo pausado del barroco: piedra labrada, azulejo vidriado, madera encerada por el tiempo.
El solar que se hizo postal
La historia de la parroquia se confunde con la del Palacio de Mateus desde 1620, cuando António Álvares Coelho instituyó el mayorazgo y la capilla que aún hoy custodian retablos dorados y tumbas de fundadores. Pero fue D. José Maria de Sousa Botelho Mourão e Vasconcelos, noble de la Casa Real y diputado en las Cortes de 1821, quien mandó levantar el solar barroco entre 1730 y 1740, atribuido a Nicolau Nasoni —el mismo arquitecto que diseñó la Torre dos Clérigos—. Declarado Monumento Nacional en 1910, el palacio se convirtió en icono involuntario en los años sesenta, cuando la botella de vino rosado “Mateus” adoptó la forma de las damajuanas del solar, difundiendo su silueta por mesas de todo el mundo.
Antes del barroco, ya hubo vida romana en estas laderas a 520 metros de altitud. La Necrópolis de Mateus, yacimiento arqueológico discreto pero elocuente, ha revelado tumbas de ladrillo, restos de un horno metalúrgico y un ara votiva a Júpiter —inscrición rarísima en el norte de Portugal, hoy en el Museo Nacional de Arqueología— que atestigua la ocupación antigua de esta tierra de apenas 4,14 km², una de las más pequeñas del municipio de Vila Real.
Sendas de piedra y agua
La parroquia forma parte del Parque Natural de Alvão y los senderos que parten del palacio conducen a las cascadas del río Olo y a las lagunas de Bornes, atravesando sierras graníticas pobladas de robles y alcornoques. El río Corgo bordea la aldea, alimentando acequias y molinos de agua recuperados que aún muelen maíz en días de fiesta —como el Moinho do Meio, restaurado por el ayuntamiento en 2018—. El recorrido de los Molinos y la ruta del vino Mateus se dibujan entre viñedos y olivares, mientras que el Camino Interior de Santiago —la Vía Lusitana— atraviesa la parroquia y pasa por la capilla de São Frutuoso, donde los peregrinos hacen alto antes de encaminarse a Vila Real.
Carne, queso y embutidos del ahumadero
La mesa tras montaña se muestra sin artificios: carne Maronesa DOP a la parrilla o estofada con castañas, queso Terrincho DOP curado en barro o en hoja de nogal, arroz de sarrabulho humeante, feijoada con unto y oreja, embutidos colgados en el ahumadero —alheira, chouriço, salpicão— que desprenden aroma a leña y pimentón. En el horno de leña se asa el cabrito y, entre postres, repiten el pan de ló de Vila Real, el tocino de cielo y los bizcochos de almendra. En el Solar de Mateus, las catas de vino armonizan tintos robustos de la subregión del Duero con los embutidos DOP, mientras la biblioteca del palacio, con 18.000 volúmenes encuadernados en piel —incluida la primera edición de Os Lusíadas de 1572— exhala olor a papel antiguo y cera de abeja.
Fiestas de verano y procesiones centenarias
Entre junio y septiembre, la parroquia se anima con romerías que mezclan devoción y verbena. La fiesta de São João, el 24 de junio, enciende hogueras en la Rua do Calvário y organiza bailes en el atrio de la iglesia; cinco días después, São João justifica misa cantada y casetas de tapas en la Praça D. José. Las Fiestas de la Ciudad, en honor a Santo António (13 de junio), traen desfiles de conjuntos folclóricos y conciertos al aire libre, mientras que las fiestas de Santa Maria da Feira, Santa Bárbara y São Frutuoso, a principios de septiembre, coinciden con la vendimia e incluyen feria de artesanía y catas de vino en el Pátio das Cavalaricas. La Semana Santa conserva la tradición de la procesión de los Pasos, que recorre las calles empedradas hasta la capilla del palacio, con los farricocos de Vila Real recitando ante las estaciones desde 1923.
Al caer la tarde, cuando la luz rasante dora los frontones del palacio y el cedro proyecta una sombra alargada sobre el espejo de agua, se oye la campana de la iglesia parroquial de São Francisco de Assis —bronce de 1797 que resuena sobre los tejados de teja roja y se pierde entre los viñedos, llamando a la bendición o, simplemente, marcando la hora en que el día enfría y las golondrinas regresan a los aleros.