Artículo completo sobre Aldeias: vino, castañas y romerías entre granito
A 608 m, el pueblo donde la castaña tiene DO y la virgen pesa 28 kg
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La campana de la ermita da a las siete y media —no a las ocho, como dicen los mapas— y el sonido trepa rapado por la ladera, parte los silencios entre casas, baja otra vez hasta la regata. En Aldeias, a 608 metros, el granito de los umbrales está pulido como bizcocho de sobaos, y el aire siempre trae dos olores: tierra quemada de la viña y humo de olivo que aún arde en los hornos. Trescientos siete vecinos, sí, pero en esta época del año ladran más perros que voces que se escuchan.
Tres romerías para trescientas almas
Tres, pero la que cuenta es la de la Virgen de la Piedad, el domingo siguiente al 15 de agosto. La procesión baja de la ermita con la imagen a lomos de cuatro hombres que conocen el peso exacto: veintiocho kilos, lo midieron una vez tras tres cervezas. En la curva de la Fuente Nueva siempre paran para ajustar la correa y beber agua; quien va detrás aprovecha para encender un cigarro y rezar el rosario a trozos. En la explanada, la misa reúne menos gente que el almuerzo: cabrito al horno de leña, vino blanco bien frío, mesas de madera que crujen como si rezaran. Quien emigró vuelve a duras penas, pero vuelve: hace años que José «el de Bibi» viene desde Francia solo para cargar la imagen y llevar al niño en brazos durante el cirio, para que se acuerde.
La castaña que tiene nombre propio
Castaña dos Soutos da Lapa, DO desde 1996. No es leyenda: es la que la abuela guardaba en tres capas de sal dentro de cazuelas de hierro, la que se cambiaba por aceite cuando no aparecía el dinero. Octubre huele a erizo partido y piel rajada; detrás de la iglesia, Celestino aún usa la bota de aluminio para aplastar los erizos, luego se sienta en el muro y las cuenta una a una, como quien reza rosarios. La dulzura no es poesía: menos agua, más azúcar, suelos de pizarra y orientación norte. Quien prueba una cruda ya no encuentra gracia a las demás.
Aldeias está dentro de la Región Vinícola del Douro, sí, pero no esperen bodegas con visitas guiadas. Aquí se cata viniendo de la viña: se llama a la puerta de la Quinta do Covão, don Antonio baja con guantes de plástico rojo, sirve el tinto en el vaso de cerveza que estaba aclarando y pregunta si se quiere vendimiar antes del fin de semana —necesita brazos, no críticos. El Oporto que nace aquí va a la cooperativa de Sabrosa; el resto se guarda para las cenas de Navidad, embotellado en garrafas de litro cuya tapa a veces no encaja.
Caminos entre piedras y silencio
No hay placas, solo las huellas de las ruedas del tractor en los bancales. El camino a la Fuente Larga empieza en el muro de Celeste —siempre está en la ventana, saluda con la cuchara de madera como quien despacha una paloma—. Se sube entre muros de piedra suelta, se cruza la puerta del buho que nadie cierra, y ahí está el valle entero: el Duero abajo parece una cinta de raso gris, y el silencio es tal que se oyen las abejas trabajando en los pomales del otro lado. Arriba, un banco de madera sin tablas ofrece la única sombra; se sienta quien llega primero y se queda hasta que el sudor se seca en la camisa.
La ermita de la Virgen de la Piedad, fuera de fiestas, está cerrada con un candado que se oxidó en 1987. El atrio es irregular, las hierbas de las grietas rozan los tobillos, pero desde allí se ve el tejado de la propia casa, el souto del Sequeiro, la carretera comarcal serpenteando como cinta perdida. Y más abajo, el Duero: siempre él, explicando por qué las viñas insisten en crecer de rodillas y por qué nadie arrancó jamás las piedras del camino.