Artículo completo sobre Queimada: el humo que sabe a castaña y a tiempo
En Armamar, la aldea se aferra al granito y el aroma ahumado de la castaña Lapa marca los relojes.
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El humo que huele a castaña
No es la castaña lo que huele: es el humo del carrizo que Adelino enciende a las seis de la mañana para curar la castaña de la Lapa. Baja por el valle, se agarra a la ropa y solo suelta cuando se toma la curva antes del puente de pizarra. Queimada aparece entonces como un hombro de granito: la iglesia en lo alto, las casas apretujadas para no caerse del cabezo, las viñas en bancales que parecen escalones hacia el cielo. Son 291 vecinos, pero en la misa del domingo caben todos en el atrio y sobra sitio para quien regrese de la diáspora de Vila Real.
Piedra, talla y la puerta que nunca se cierra
La iglesia parroquial tiene la puerta desencajada desde el temporal del 83. El cura dice que es para que los ángeles entren sin esfuerzo; en realidad es porque la madera se hinchó y nadie la arregló. Dentro, el dorado del retablo es de verdad —derretido por las velas de nueve días y por las rodillas de los fieles que se olvidaron del tiempo. Los azulejos de San Gregorio tienen un nudo gordiano en la esquina inferior: el Maestro Valentín lo dejó así para traer suerte a quien sepa deshacerlo. La Capilla de la Piedad está a mitad de la cuesta, donde cuesta respirar y sobra fe. El tercer domingo de septiembre se sube a pie porque la procesión no cabe en las curvas de la carretera. El cruzeiro de los Novios es pequeño de verdad —caben tres pares de iniciales y un corazón roto encima. Dicen que quien tacha encima se queda soltero para siempre; por eso hay nombres que se repiten a diferentes alturas, como quien intenta borrar el pasado.
La castaña que no es solo castaña
La DOP es papel: lo que importa es que la Lapa tiene castaños que el abuelo de Zé ya no alcanza con la vara. Cuando el otoño huele a tierra mojada y a hoja quemada, las mujeres se ponen de bruces en los soutos con una cesta de mimbre a la cintura. La castaña va al «lagar» —un barril de madera con un agujero en el fondo— donde permanece nueve días ahumando. Después se golpea con la mano abierta: si suena a tambor, está buena; si suena hueca, va para los cerdos. El vino es otra historia: en las quintas del Espinheiro y de la Lapa, el lagar sigue siendo de piedra y el pisado es con pies de verdad. El aroma del mosto fermentándose se mezcla con el de la pizarra calentada por el sol, y por la noche el perro del casero ladra a las sombras que se mueven entre las pipas. En la taberna de Adelino, la chanfana de cabrito lleva tres noches en adobo de vino y ajo y toda una mañana en la cazuela de barro. Los bolinhos de amor-feito son de doña Albertina: los hace con la mano izquierda porque la derecha le tiembla —dice que es eso lo que les da el punto.
La ruta que solo conocen los de aquí
El PR3 empieza justo en la fuente donde las mujeres llevan las arkoxas a lavar. El primer kilómetro miente: parece llano pero es cuesta arriba, y quien no conoce el terreno se queda sin aliento antes del molino. La Lapa do Dinheiro tiene un agujero donde los contrabandistas escondían el tabaco —aún hoy se encuentran paquetes mojados cuando la lluvia aprieta. Desde el mirador se ve el Varoso haciendo curvas de serpiente, y si es justo al final del día, el buitre dibuja círculos sobre la peña como marcando territorio. Las pozas del arroyo son piscinas naturales: la pizarra se calienta y el agua queda tibia como para que los críos se tiren en calzoncillos. El castaño de la plaza tiene el tronco hueco —dentro caben tres niños y un perro, y en verano eso es justo lo que hay dentro.
El Domingo de Resurrección, los chicos del «Enterro do Bacalhau» se visten con las camisas del padre y van de casa en casa. No es exactamente pedir: es más una exigencia antigua, como quien cobra una deuda que nadie recuerda cuándo empezó. Las mujeres les dan huevo, la panceta del ahumado y un vaso de vino —porque quien no da, al año siguiente el bacalao se entierra en la puerta de casa y nadie quiere ese mal de ojo.