Artículo completo sobre São Cosmado: castañas que saben a niebla
Otoño en el pueblo donde los niños faltan a clase para tostar castañas a 744 m
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El olor a castaña asada sube por la Rua do Souto en la curva antes de la Capela das Negras: no hace falta ver el brasero, basta con la brisa que baja del Senhor da Serra. Aquí, a 744 metros, el fruto marca el tiempo: cuando las hojas del castaño aún están pegajosas de rocío, en octubre, los chavales faltan a clase para ir “a la panca” con el padre; si el invierno es suave, las abuelas dicen que “la castaña viene mustia, sin alma”. En el suelo, los erizos se abren como manos de terciopelo, y el aroma a madera húmeda se te mete en la lana del abrigo; no hay DO que lo iguale.
El legado de los soutos centenarios
El Souto da Lapa es un lugar de silencio denso: pasar bajo aquellas copas es entrar en una catedral verde donde hasta el trino del mirlo suena amortiguado. Hay árboles que guardan las iniciales de 1892 talladas en la corteza; uno de ellos, la “Magra”, sirvió de escondite al abuelo del señor António do Lagar cuando los “azules” venían a por los hombres que huían a la guerra de 1914. La tabla de castaño contra las tormentas no es reliquia de museo: se cuelga en la puerta con un clavo oxidado y recibe un trago de aguardiente cada año, el día de San Juan, para “no perder la fuerza”.
En la iglesia, el olor a cera derretida se mezcla con el moho de las casullas del cura guardadas en la sacristía. El retablo se dora de vez en cuando con hoja de oro de 22 quilates, pero lo que la gente nota es el crujido del banco de la segunda fila, el que se rompió cuando Ze Mário, borracho de despedida de soltero, se tumbó encima a cantar.
Puentes, acequias y senderos de agua
La Ponte da Pedra tiene una piedra medio suelta: quien la pisa lleva siete años de mala suerte — o eso, o se llena la bota de agua. La acequia lleva hasta la finca del señor Ramalho, que a las seis de la mañana ya está descalzo cambiando la “porta de água” para regar el maíz. Si está de buenas, enseña el molino donde aún muele el grano para la canjica de fin de año; si está de malas, te manda a “siete esquinas”. Desde el mirador se ve el Távora tragándose el claro de luna como una hoja de plata; abajo, las viñas de Jorge dibujan una S que parece escrita en pizarra.
Castaña en la mesa, jeropiga en la copa
La sopa es espesa como la niebla y necesita tres días: el primero se cuece la panceta, el segundo las castañas, el tercero se desmenuza todo con el mortero de madera de olivo. Quien le ponga leche es extranjero. Los “doces de cosmo” son el secreto de doña Amélia: solo los hace en luna menguante, si no “el almíbar se escapa”. En el café “O Lagar” —se accede por una puerta de 1,80 m que el alemón alto se dio tres veces— la jeropiga se sirve en copa de noble, pero se bebe de un trago, antes de que llegue el alcalde y estropee la charla.
Cosecha y alambique
Recoger castañas es cambiar la piel de los dedos por dinero: cada cesto lleno paga 6 euros al chico que lo lleva a la cooperativa. El alambique de Adelino no enciende el fuego hasta después de cenar; el primer goteo huele a madre, a choza de invierno, a abuela que calentaba los calcetines en el horno. La aguardiente reposa tres años en pipa, pero el litro “de letra” —el que va directo a las copas de la vendimia— nunca llega a la DO: se bebe de pie, con una rebanada de broa de maíz que aún suelta vapor.
Cuando suena la campana de las nueve, los niños corren a casa con miedo al “alma en pena del castaño”, y los perros ladran a la luna rota sobre el cruceiro. El silencio que queda es tierra que se abre: mañana, si el tiempo “está de vindouro”, los erizos volverán a caer, y el aroma subirá otra vez por la cuesta, como siempre lo hizo, antes de que hubiera mapa, antes de que hubiera nombre.