Artículo completo sobre União das freguesias de Mamouros, Alva e Ribolhos
Las tres freguesías de Castro Daire donde brota el agua a 28 °C y aún se cosecha lino a mano
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El vapor se eleva despacio desde las piscinas termales de Carvalhal, dibujando espirales contra el verde oscuro de los robledales que cierran el valle. El agua brota a 28 °C de la roca granítica, sulfurosa y bicarbonatada, y trae consigo ese olor mineral y agrio que el doctor Sousa Martins describió en 1886 como «excelente composición para dolencias reumáticas». Al fondo, el murmullo del río Paiva se mezcla con el sonido metálico del agua que corre por los tubos de hierro del balneario —un edificio protegido como Bien de Interés Público desde 1977 que resiste al paso del tiempo y al cambio de siglo.
Tres nombres, una misma geografía
La unión de Mamouros, Alva y Ribolhos, formalizada en 2013 por decreto ley, cosió tres territorios que comparten la misma altitud media —529 metros— y la misma relación íntima con el agua. Mamouros debe su nombre a las diez mamoas que salpican las charnecas pobres del altiplano, vestigios de tumbas prehistóricas identificadas por el arqueólogo Augusto Coelho en 1899. Alva alude a la claridad de sus tierras calcáreas o al río que las atraviesa. Ribolhos evoca los arroyos que nacen en la ladera, «ojos de agua» que riegan los bancales de lino y vid. Los tres estuvieron bajo el dominio de Egas Moniz, tutor de Alfonso Enríquez, y pertenecieron al extinto Juzgado de la Tierra de Moção, citado en las Inquiriciones de 1220.
El granito gris de los muros divide los campos en parcelas estrechas. En los regatos de Alva aún se siembra lino en abril —es la única parroquia del municipio de Castro Daire donde sobrevive la práctica, con 12 agricultores activos en 2023—. En julio, los tallos altos se arrancan a mano, se descortezan en las eras comunitarias y se aplastan en los lagares de piedra. En el «sarau do linho» del 15 de agosto, las mujeres exhiben toallas bordadas y camisas tejidas en los telares de madera que crujen en los desvanes de las casas.
Piedra, talla y agua sagrada
La iglesia de São Miguel Arcanjo se alza en el centro de Mamouros, con retablos de talla dorada del siglo XVIII que reflejan la luz de las velas en los días de misa cantada. En Alva, el frontón barroco de la iglesia de São Martinho enmarca el campanario que dobla por los difuntos en las mañanas de niebla. Más discreta, la capilla de São Domingos en Ribolhos conserva la planta rectangular y el tejado a dos aguas, refugio de los peregrinos del Camino de Santiago de Torres que atraviesan la parroquia rumbo al oeste. El Puente de la Corredoura, en Alva, salva la ribera de Mel con tres arcos de sillería desgastados por el tiempo y el agua, fechado en 1789 según la inscrión de la clave central.
Cabrito, ternera y vino del Dão
Los hornos de leña arden en las trastiendas de las casas. El cabrito de la Gralheira IGP se asa despacio, la piel cruje y libera el olor a romero y ajo que se extiende por la calle. Se sirve con arroz de grelos y castañas asadas en la brasa. La ternera de Lafões IGP estofada con patatas y chorizo de vino forma el plato del domingo, acompañada de un tinto de touriga nacional de la región del Dão, servido en cuencos de barro en las tascas de Carvalhal. El queso de oveja curado y la requeijada de Alva cierran la mesa, junto a las bolachas de mamouro —bizcochos secos con canela y nuez moscada que guardan el sabor de las ferias de octubre.
Agua, piedra y horizonte
El sendero PR1 «Paiva – Carvalhal» serpentea durante ocho kilómetros entre la playa fluvial de Covelinhas y las termas, atravesando bosques de roble y castañares donde el suelo cruje bajo las hojas secas. En el mirador de la Serrinha, a 580 metros de altitud, el valle se abre en capas de verde y gris, surcado por la línea plateada del río. El recorrido forma parte de la Red Natura 2000 por sus hábitats de bosques ribereños donde el ratonero real dibuja círculos lentos en el cielo. En Ribolhos, los peregrinos del Camino de Torres sellan la credencial en la capilla de São Domingos antes de seguir hacia el oeste, mochila a la espalda y cayado en la mano.
En las mañanas de septiembre, cuando la niebla cubre el valle, la campana de São Miguel dobla en Mamouros. El sonido se propaga lento entre las laderas, atraviesa los campos de lino segado y se pierde en la distancia. Queda el eco, suspendido entre el granito y el agua.