Artículo completo sobre Reriz y Gafanhão: el silencio que sabe a cabrito y a castaño
Reriz y Gafanhão (Castro Daire): camina sus sendas entre castaños, prueba cabrito de monte y siente el silencio que pesa 22 km²
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El granito asoma entre los castaños como quien entra en una conversa ajenada. Son los muretes que aún se sostienen, unos metros por encima de la carretera, marcando bancales donde mi abuelo decía que «la patata crecía con vistas». A esta altitud, incluso en agosto, la mañana engaña: hace falta jersey hasta las diez; luego el sol aprieta con saña de juez.
Reriz y Gafanhão se fundieron en un papel oficial, pero quien es de aquí sabe dónde acaba una y empieza la otra. Son 22 km² donde el silencio pesa —no es metáfora, es el sonido de las llaves al girar en las cerraduras de las casas cerradas. De los 724 vecinos, la mitad parece estar el domingo en el bar de Crispim; la otra mitad se fue a Viseu o a una emigración sin billete de vuelta.
Qué se come
Aquí el cabrito no lleva etiqueta de IGP en la carta: es el cabrito de Pepe, criado en su propio monte, que come hierba y hace la siesta bajo los castaños. La ternera es la que se pasa la vida pastando en los lameiros, donde la hierba crece entre piedras con forma de muela de gigante. Cuando llega la temporada, el ahumado de las casas despide un humo azulado que huele a roble y a tiempo. El chorizo que sale de allí no necesita Instagram: necesita pan de millo y una cerveza bien tirada.
Qué se ve
El Camino de Torres pasa por arriba, pero no es el alboroto del portugués. Aquí el peregrino que se cruza viene con los pies hechos una pena y un hambre de lobo. Las marcas amarillas están pintadas en las piedras como quien dice: «pasa por aquí, pero no llores si te pierdes —perderse es parte del trato». Te topas con María camino de las coles; pregunta si quieres agua y ofrece un higo si es temporada. No es hospitalidad de manual, es así.
Qué se queda
Hay casas que han vuelto a tener gente —no muchas, nueve según los papeles—, pero son nueve que han encendido luces en ventanas donde solo colgaban cortinas podridas. Son forasteros que se han hecho de aquí; traen ideas raras, pero pagan el café como los demás. Los jóvenes se marchan, sí, pero los que se quedan conocen cada sendero, cada nudo de la carretera, cada recoveco donde el móvil pierde cobertura —y eso, hoy, vale oro.
Cuando cae la noche, el viento entre los castaños suena a conversa a medias. Abajo, una chimenea se enciende; el humo sube recto antes de desvanecerse, como quien se despide sin drama. A esta hora el bar de Crispim ya ha cerrado, pero si llamas a la puerta, abre. Allí se decide el mundo, entre un corto y una bolsita de altramuces, mientras fuera la sierra hace lo de siempre: esperar que llegue el día siguiente, ni más rápido ni más lento.