Artículo completo sobre Fornelos: hornos, huesos de San Juan y castaños
Entre el olor a broa tostada y la ruta de castañeros quemados, Fornelos guarda su alma.
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El humo sube en espiral por el chimeneo torcido del horno y el olor a leña de castaño —quemada desde la víspera— se te clava en la ropa. Es sábado por la mañana en Fornelos. Las mujeres entran por la puerta baja con las bandejas cubiertas de paño de algodón y se saludan por apellidos: «Buenos días, doña Albertina. ¿Ya viene la nieta?». Los hombres, fuera, dan un trago de orujo antes de introducir la pala de madera en las brasas. La broa —esa lleva un nudo de azúcar moreno que nadie revela dónde aprendió— se tuesta despacio. Hace doscientos años debía de ser así; hoy la diferencia es que los críos ya no esperan comerse «la costrita» que se escapa de los moldes, porque están pendientes del móvil.
Cruces, capillas y una inscricción enigmática
La iglesia parroquial cierra mal las ventanas de la sacristía: en invierno entra el viento del Paiva y el cura enciende una pequeña estufa de gasóil que huele a quemado. El retablo dorado, sí, brilla como la miel, pero solo si el sol da a las cuatro y media y la lona está corrida. Los huesos de San Juan Bautista —dicen que son suyos— descansan en un relicario de estantería barata; la etiqueta dactilografiada se ha despegado. Quien los ve por primera vez pregunta en voz baja: «¿Son de verdad?». Nadie responde; se limitan a encender una vela de veinte céntimos.
En el Cruce del Señor de los Enfermos aún se lee, si la lluvia no lo ha borrado, «SPES FORNELI». Antonio, el carpintero, jura que el «poeta» fue un tío abuelo que se largó a Brasil y ya no escribió más. El lunes de Pascua traen a los enfermos en autocar desde Souselo. Comparten bizcocho de la fábrica de Tarouca, cortado en cuadraditos pequeños para evitar discusiones.
Trashumancia, castañares y la senda que los une
La Ruta de los Castañares empieza justo detrás de la cisterna donde aún hay quien va a por agua cuando se seca el grifo del pueblo. Los castaños son viejos, sí, pero lo que callan todos es que la mitad murió en el incendio de 2017: los troncos están negros por dentro, pero la corteza crece por encima y fingimos que es solo «una torsión de la edad». En el sendero hay huellas de jabalí que baja por la noche a comer las bellotas que los niños no recogen. El puente medieval tiene una piedra suelta: quien la pisa se moja el zapato enseguida. Es la prueba de coraje del verano.
A la mesa: leña, barro y tiempo lento
La chanfana lleva tres días: uno para marinar el cabrito en vino tinto oscuro, otro para quitar el olor fuerte, el tercero para que la carne se desprenda del hueso. La cazuela de barro era de la abuela; se rajó el invierno pasado y la pegaron con argamasa de horno —no es lo correcto, pero aguanta—. En la Romería de San Pedro el problema es el pan: como es domingo, la panadería de Cinfães está cerrada, así que quien se olvidó de encargar come broa del congelador, tostada en la plancha. El cabrito es de José Mário, que los cría en la aldea de arriba; les da biberón cuando la madre rechaza. La piel queda crujiente si la riegas con manteca derretida —truco de Amelia, que nunca salió del pueblo.
La «sopa seca» es solo bizcocho de huevo cortado en rodajas finas y remojado en café con aguardiente. Quien tenga los dientes frágiles lo deja empapar un poco más. El tocino de cielo viene en platitos de aluminio, envueltos en film transparente; cuesta dos euros y medio en la caseta de doña Rosa.
El sonido del horno al cerrarse
Cuando los panaderos —hoy Joaquim y el nieto de dieciséis años que ha venido desde Oporto a «pasar el finde»— empujan la chapa de hierro, el ruido es seco, como si la piedra tragara el metal. Las brasas se quedan dentro, encendidas hasta el próximo sábado; alguien pasa por la noche a ver si no hay «fuego rojo» escapándose por la rendija. A veces se oye ladrar al perro del horno contra su propia sombra. Ese ruido —hierro contra piedra, perro ladrando, leña crepitando— es el que dice al recién llegado que Fornelos aún no ha renunciado a ser lo que es: una aldea que hornea el pan antes de que salga el sol.