Artículo completo sobre Tarouquela
Entre el Montemuro y el río, un pueblo donde la carne huele a pasto y la campana marca el tiempo
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La primera campanada
El primer campanazo es a las siete, pero quien ha crecido aquí no necesita reloj. A las seis y media ya huele al pan de la panadería del señor Antonio: tres hileras de broa de maíz que salen del horno todavía crepitando, con la corteza tan dura que marca el papel donde las envuelven. Es junio y el humo de las hogueras de San Juan no flota: se agarra a la ropa tendida, se mete entre los visillos de las ventanas, escuece en los ojos de quien vuelve del campo. El granito de la iglesia parroquial no refleja nada; está caliente, curtido por quinientos veranos, y a las cinco de la tarde aún se puede apoyar la mano sin helar.
Subida y bajada
A 376 metros, sí, pero lo que importa es que se sube al Montemuro a tropezones, con la bolsa vacía, y se baja llena de piñones y madroños. El Bestança no murmura: cruje, como quien mastica piedras. Quien lo atraviesa a pie en verano lo siente resbalar entre los dedos, frío como la pila del pozo, y se lo lleva en los tobillos hasta la noche.
El olor de dentro
Dentro de la iglesia huele a cera derretida y a chaqueta de lana mojada. La talla no capta luz; está ahí, dorada como la miel del señor Albano que cae perezosa del tenedor cuando se come una rebanada con queso de oveja curado sobre la losa de la cocina. Los azulejos tienen un azul que recuerda el fondo de la cazuela donde la suegra hierve la camisa del bautizo: el mismo azul que se queda en los dedos si se frota demasiado.
Lo que se come
La carne Arouquesa no llega rosa y marmoleada; huele a establo, a pasto pisoteado, a sangre salada que gotea sobre la tabla del carnicero cuando José corta bajo la mirada de la perra Loira, que sabe en qué días hay huesos. El cabrito no perfume: se ahuma de verdad, en la parrilla torcida, y la piel cruje antes que el diente, salpicando de grasa caliente las camisas de cuadros. El cocido lleva col que se coge tras la primera helada: la misma que escarcha los cristales de las furgonetas aparcadas frente al bar O Progresso, donde el gasóleo cuesta siempre tres céntimos más que en Resende.
El vino que quema
El vino verde de aquí no tiene acidez que corte: pica, quema la garganta de quien lo bebe de un trago. Se pisan uvas en el lagar del señor Domingos, sí, pero antes se cuentan cánticos el domingo, en el balcón, con vasos de plástico y la cajetilla de Trinta marcando el turno de palabra. Las botellas salen del municipio dentro de las mochilas de los hijos que emigran: dos litros envueltos en calzoncillos para que no se rompan en el avión.
Sin señales
Caminar por Tarouquela es llevar el barro pegado a las suelas. No hay placas, pero sí la piedra donde la abuela se sentaba a pelar habas, el cruce donde Joaquín se rompió la pierda en la caída de la moto, el arroyo donde aún se cogen anguilas con las manos si la luna es nueva. La subida al Montemuro empieza detrás de la escuela: se deja atrás el olor a meo del gato del patio, se gana el viento que trae el Gerês y, a veces, dicen, hasta el mar.
Las seis en punto
Cuando el campanario da las seis, los niños ya están en pijama, las mujeres van cerrando las contraventanas de madera que crujen, y el perro de Celestino ladra al mismo punto de la carretera por donde nunca aparece nadie. Queda el silencio que no es silencio: el rechinar de la puerta del horno, el tictac del reloj de pared de doña Emilia, el «¡Aninhas!» que grita dos veces la madre de ti’Aninhas antes de verla llegar, descalza, con los pies negros de tierra mojada.