Artículo completo sobre Travanca, el pueblo que sabe a Duero y a carne de monte
Casas de pizarra, vino verde y vacas Arouquesa en Cinfães
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El humo sale despacio de las chimeneas, como quien no tiene prisa. Abajo, el Duero anda cerca, aunque no se ve: se adivina en el aire húmedo que remonta el valle y en el olor a tierra mojada que se cuela entre la ropa. Travanca se agarra a la ladera a 111 metros de altitud, casas de pizarra que parecen haber nacido ahí, unas encima de otras, como escalando el monte. Son 712 almas; las conté ayer en el bar y José Manel lo confirmó: «Eso es, y ni una más, porque si no el café no da para todo el mundo el domingo».
Donde el vino es verde y la carne es de Arouca
Las viñas bajan la ladera como escaleras hacia el río, algunas perdidas de tanto sol. Todo es vino verde: he visto llenar botellas enteras en una jornada de vendimia, esas que luego nadie recuerda cómo se acabaron. Pero lo que merece la pena es la carne Arouquesa: vacas que pastan arriba, donde el aire es tan fino que hasta los bueyes paran para respirar. Carne oscura, de quien sube y baja montañas. Se come en el Restaurantinho de doña Rosa, pero hay que avisar el día antes; ella cocina en el momento, pero la carne necesita tres horas, «si no, es igual que las otras», dice.
Tres romerías y un funeral
Hay tres fechas en que la aldea engorda: San Juan, San Pedro y el Señor de los Enfermos. La de San Juan es la más alegre: mesas en la calle, sardinas hasta hartar y vino que corre como agua. La del Señor de los Enfermos es más seria: viene gente de toda Viseu, algunos de rodillas, otros con la mirada clavada en la tierra. Doña Albertina hace quesadillas que cuestan un euro y son tan pequeñas que se zampan en dos bocados. «Es para no engordar», dice, pero engorda igual.
Piedra con historia, pero no mucha
Hay una piedra que el Estado declara pública: la iglesia matriz, con unas tallas que merecen la caminata. El resto es lo que se ve: casas viejas que aún aguantan, unas cuantas capillas sin entrada y el cruceiro donde la gente se sienta a hablar del tiempo. No es Batalha, pero es nuestro.
Lo que se queda y lo que se va
El problema es la costumbre: aquí abajo solo se ve pelo blanco. Los críos se van todos a Oporto, «a estudiar», dicen, pero luego pillan novia y se les olvida la carrera. Quedan los mayores, quienes aún saben cómo se amasa el pan en horno de leña y cómo se riega la viña sin ahogarla. A veces regresa alguno: suele ser para apuntar al crío en la escuela del pueblo, donde aún se enseña a escribir derecho y no hay móviles a la hora de clase.
Cuando el sol se pone tras la sierra y las sombras de las viñas parecen dedos gigantes que atrapan la aldea, suena la campana y las luces se encienden una a una. El olor a leña quemada se mezcla con el del embutido: es el fin de otro día en que no ha pasado nada, pero todo sigue igual. Y así va Travanca, como ha ido durante siglos: despacio, con oficio, sin pedirle nada a nadie.