Artículo completo sobre Bigorne, Magueija y Pretarouca: la campana que nadie escucha
Pizarra, viñas en altitud y silencio en la unión de freguesias de Lamego
Ocultar artículo Leer artículo completo
Cuando la luz de cuchillo atraviesa los bancales abandonados y vuelve el pizarra en bronce viejo, el único ruido que queda es la campana de la iglesia: un golpe metálico, pausado, que baja el valle y se apaga en las cumbres. No llama a nadie. Sólo marca la hora, como desde el siglo XIII, ajena a que cada vez haya menos oídos dispuestos a escucharla.
La subida
La carretera serpentea entre pizarra oscura y socalcos que se descuelan en escalones hacia el valle del Duero. Aquí, a 921 m, el aire tiene una transparencia fría incluso en pleno agosto, y el viento huele a otra cosa: no al aroma dulzón de las viñas que maduran más abajo, sino a monte serio —resina de pino, granito húmedo, humo de leña que sale de las chimeneas a pleno verano. Bigorne, Magueija y Pretarouca forman una unión de parroquias que se agarra en el pliegue de la sierra, donde el Alto Douro Patrimonio de la Humanidad cede paso a la cordillera.
Arriba del todo
575 vecinos. 2 000 ha. 177 mayores, 39 jóvenes. Cuatro casas rurales legales. Hagan la media.
La parroquia forma parte de la Región Vinícola de Oporto y del Duero, pero aquí la vid es escasa y brava. Los bancales se estrechan, las laderas se inclinan en ángulos imposibles y el trabajo se hace a mano, como siempre. No hay maquinaria que suba a estas alturas. Lo que se cultiva sabe a terquedad: uvas de altitud, más ácidas, más nerviosas, que ninguna etiqueta de exportación ensalza pero que los lugareños conocen por el nombre del viñedo y del hombre que lo trabaja.
Huellas de peregrinos
Dos itinerarios del Camino de Santiago cruzan este territorio: el Camino Interior o Vía Lusitana y el Camino de Torres. Son sendas antiguas, señalizadas con granito y silencio, que ascienden desde la ciudad de Lamego en dirección a Galicia. Andar aquí es sentir la pendiente constante en las piernas, el peso de la mochila, el eco de los propios pasos sobre la tierra apisonada. No hay multitudes ni albergues cada cinco kilómetros. Hay capillas cerradas, cruces de piedra cubiertas de líquenes amarillos, fuentes donde el agua baja directa de la sierra.
La Fiesta y Romería de Nuestra Señora de los Remedios —que se celebran en Lamego pero irradian hasta estas parroquias de montaña— aportan movimiento sazonado. Durante unos días, los caminos se llenan de promesas y exvotos, de autocares que suben despacio, de familias que regresan desde lejos. Luego el silencio vuelve a instalarse como inquilino permanente.
El peso de la sierra
La naturaleza no es decorativa. Es funcional, casi utilitaria: pino albar que alimenta los aserraderos, robles que dan sombra al ganado, arroyos que bajan fríos y rápidos. Los 921 m de altitud se notan en la temperatura: incluso en julio, la noche cae con un escalofrío repentino y quien duerme en las casas de turismo rural amanece con la niebla pegada a los cristales, densa como lana mojada.
No hay restaurantes. No hay bodegas con puerta abierta. Si no tiene familia o amigos en la aldea, lleve comida. O reserve con antelación: hay quien abre su casa, pero no es negocio. Es simpatía.