Artículo completo sobre Britoande: viñas en pizarro y memoria de bancales
En la ladera del Douro Superior, Britiande guarda viñas centenarias, hórreos y el rastro de peregrin
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La ladera se inclina en bancales que no desafían la gravedad: fueron los britiandenses quienes, entre 1934 y 1952, los alzaron a pico y pala para acceder a los predios fronterizos que la Reforma Agraria les entregó. Aquí, a 563 metros de altitud, el Douro Vinhateiro muestra su faz más escarpada: viñas viejas aferradas al pizarro, muretes de piedra suelta que la ermita de San Gonzalo mandó levantar para contener la tierra que el río Tourão se lleva cuando baja crecido. Britiande respira al ritmo lento de las vendimias y las estaciones, una parroquia donde 792 personas (Censo 2021) mantienen viva una paisaje que la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad en 2001.
Geometría sagrada y profana
Las casas se esparcen por 4,8 km², apiñadas en el cerro donde la carretera municipal 1145 cruza la aldea. Dos torres marcan el paisaje: la iglesia matriz de Nuestra Señora de la Concepción, reconstruida en 1726 tras el terremoto que afectó a la comarca de Lamego, y el hórreo del siglo XVIII en la Quinta da Veiga —catalogado Bien de Interés Público desde 1982—, con la inscripción «1724» en la piedra del portón, que guarda el maíz para el horno comunitario que aún hornea pan cada quince días.
Quien recorre el Camino de Santiago —ya sea por la Vía Interior, la Vía Lusitana o la etapa Lamego-Britiande del Camino de Torres— atraviesa Britiande en el km 17, después de pasar el cruceiro de 1892 que señala la mitad de la cuesta. Los peregrinos llenan las cantimploras en la fuente de la Rua do Calvário, donde aún se lee «1867» en la piedra que la junta parroquial mandó labrar cuando el canónigo Jerónimo Martins pagó la canalización. La romería de Nuestra Señora de los Remedios trae otro tipo de caminata: se sube el 19 de agosto por la vereda que los emigrantes pagaron en 1963, cuando regresaron de Francia con la promesa cumplida.
Vino y altitud
Estamos en la subregión del Douro Superior, límite occidental de la zona donde el pizarro es puro y la amplitud térmica alcanza los 20 ºC. Las viñas viejas —Loureiro, Tinta Amarela, Rufete— siguen conducidas en terrazas de 1,2 metros de ancho, plantadas en los años cincuenta cuando el Estado Novo repartió estacas de la Estación Vitivinícola del Peso da Régua. No hay aquí enotecas: la Bodega Cooperativa de Lamego, a 7 km, comprimió la uva en 2023 a 0,65 €/kg, el mismo precio de 2019. El vino que sobra sirve para la vendimia comunitaria de octubre, cuando se llena la troje de la asociación de cazadores para abatir el jabalí.
La densidad poblacional —165 hab./km²— oculta lo que muestran los registros parroquiales desde 1960: se perdió la mitad de la población cuando la Carretera Nacional 2 abrió en 1973 y se llevó a los chicos a la construcción civil de Lisboa. Hoy hay 246 personas mayores de 65 años, 69 niños de hasta 14, y la escuela de primaria cierra aulas desde 2018. Las casas conservan las huertas amuralladas que el reglamento del agua de 1958 adjudicó por orden de llegada, los gallineros de madera del Lidel que sustituyeron a los de junco en 1994, y el ahumadero en el sótano donde el António da Padaria aún ahuma las rellenas con roble de los montes del Viso, como aprendió de su padre que las vendía en la feria de Lamego los miércoles.
Dormir entre viñas
Hay seis alojamientos registrados en Turismo de Portugal: la casa1 da Mãe, antigua vivienda del casero de la Quinta do Crasto que la hija jubilada en París restauró en 2019; el apartamento do Ribeiro, donde se entra por la antigua bodega de lagares de granito; tres habitaciones en la Casa da Índia, heredad donde el emigrante en Brasil mandó construir en 1923 el suelo de jacarandá que hoy es selfie obligada. El desayuno incluye pan de Água-pé que la D. Alda hornea en el horno de leña a las 6 h, compota de membrillo del árbol que el abuelo plantó en 1942, y café molido en la máquina que el Alberto trajo de Ginebra cuando se jubiló de Nestlé.
El nivel de riesgo es mínimo: los únicos asaltos registrados fueron en 1987, cuando la PIDE mandó gente de fuera a buscar armas del PCP. La carretera está asfaltada desde que el ayuntamiento de Lamego recibió fondos comunitarios en 2004, la cobertura 4G llegó en 2017 con la torre instalada en el lugar de Cima, y el centro de salud más cercano está en Sé, a 11 minutos en coche. No hay colas ni reservas anticipadas: quien aparece en la tasca da Boa Viagem encuentra mesa, siempre que el Tonecas no haya cerrado porque «hoy es día de ir al médico a Viseu».
Al caer la noche, el silencio se instala denso. Se oye ladrar al Bobi que el Zé Manel compró en 2020 para sustituir a la perra que murió con 18 años, el arranque del tractor John Deere de 1987 que el nieto del Joaquim aún usa en las viñas, y el viento que baja del Viso y hace crujir las estacas de las cepas. El pizarro enfría deprisa: fue este ciclo térmico el que en 1852 llevó al ingeniero James Forrester a registrar 14 ºC de amplitud en un solo día, y que hoy aún define el carácter de estos vinos que la hija del Zé Manel lleva a Lisboa en la maleta de mano, porque «en Britiande no hay vinotecas, solo nuestra vinoteca».