Artículo completo sobre Ferreirim: el silencio que sabe a vino y pizarra
En la ladera de Lamego, esta aldea guarda viñedos, fiestas de barroco humilde y caminos de Santiago
Ocultar artículo Leer artículo completo
El silencio de Ferreirim tiene peso. No es ese vacío que nos obliga a alzar la voz, sino un silencio con cuerpo, como cuando entras en una casa donde aún flota el olor del café de la abuela. A 525 metros de altitud, esta aldea de menos de novecientos habitantes se aferra a la ladera como quien guarda un secreto. La pizarra brota en las paredes como venas en manos de labrador, sosteniendo viñedos que bajan en terrazas hasta el valle.
Los mayores cuentan que el nombre viene de cuando esta tierra olía a hierro quemado. Hoy solo huele a tierra removida y, en septiembre, a uva pisada. La minería se quedó en el nombre, como le ocurre a los hombres que heredaron el apellido del oficio del abuelo.
La Virgen de los Remedios y el barroco que no se da aires
La iglesia está ahí en medio, ni grande ni pequeña, con la discreción de quien sabe que es importante pero no necesita gritarlo. Barroca, dicen los papeles. Para nosotros, es blanca como las demás, con el portal de piedra donde los nietos de los nietos ya se subían para ver las procesiones.
En septiembre, la patrona la saca del sosiego. Entonces sí, el atrio se llena como la plaza de Brasil en un partido importante —pero en vez de gritos hay canciones, en vez de cerveza hay vino en botella de plástico, y la salchicha asada sustituye a la hamburguesa. Es día para encontrar al primo que no ves desde Navidad y aprovechar para marcar el bautizo.
Los caminos que van a Santiago pero también al bar
Dos rutas jacobeas cruzan la aldea, pero los peregrinos son pocos. Los que aparecen preguntan dónde está el bar más cercano —está a dos kilómetros, en la carretera nacional, y es una pastelería que también vende sierras y clavos. Las flechas amarillas están pintadas en los postes como quien deja un recado: "pasa, pero no armes jaleo".
El paisaje es Patrimonio de la Humanidad, dicen los papeles de Bruselas. Por aquí, es el sitio donde el padre plantó la viña que paga la carrera de la hija. En otoño, las vides se ponen rojas como cuando la hermana se dejó el lápiz de labios en el bolsillo de la camisa y acabó en la lavadora.
A mesa: lo que da la tierra
La chanfana viene de la cabra que pastó ahí arriba, el jabalí del monte donde José fue a buscar setas. La broa es de la abuela —densa como debe ser, para mojar en el jugo del conejo. El vino es del Duero, claro, pero no es de esos que ganan medallas. Es del casero, hecho en la garrafa de cinco litros que trae el vecino cuando va cerca de Régua.
En días de fiesta aparecen los dulces: toucinho-do-céu que engorda solo de mirarlo, y los pasteles de yema que la tía hacía para la pastelería y ahora hace para los nietos.
Para quien viene de fuera
Vaya despacio. No hay sitios para selfie, ni tiendas de recuerdos. Hay, en cambio, al señor Antonio que le pregunta de dónde es y le cuenta que se fue a Francia pero volvió porque "la tierra llama". Hay el perro del casero que viene a olisquear los pantalones y decide si merece confianza. Hay el mirador improvisado —una piedra grande junto a la carretera— donde se ve todo el valle y se entiende por qué nadie quiere vender la quinta del abuelo.
Al final de la tarde, cuando el sol se pone detrás del monte y la pizarra se vuelve color óxido, se entiende Ferreirim. No es un sitio al que se va. Es un sitio donde se queda, aunque solo sea en la memoria, como quien guarda en un cajón una piedrecita del camino.