Artículo completo sobre Figueira, donde la vendimia huele a pizarra y memorias
Figueira (Lamego) teje vendimia, pizarra y relatos: lagar de 1958, cruces de peregrinos, concertina en el aire.
Ocultar artículo Leer artículo completo
La pizarra retiene el calor del sol de septiembre y, en las laderas que bajan hacia el Varosa, el aire huele a esa dulzura que solo desprende la uva a punto de reventar. Somewhere suena una concertina —no la distingo bien, pero sé que es Zé Manel, porque siempre es él durante la vendimia—. Tres notas que se repiten, como quien marca el ritmo del corte. Nació aquí, se casó con una chica de Lamego y regresó para que la viña no se perdiera. Dicen que hoy nadie quiere estos oficios; él responde que lo peor no es el trabajo, soportar a los turistas pidiendo selfies con las cubas.
Bancales de pizarra y memoria
Los muros que sostienen los terrazones se alzaron así: una piedra cada vez, entre tragos de aguardiente y promesas de “el domingo que viene no falto a misa”. Quienes los levantaron no tenían Google Maps; tenían los pies en el barro y la cabeza llena de números: si llueve hasta Pascua, sobra vino para venderlo al armero de Lamego. La filoxera se llevó media aldea a Brasil; volvieron pocos, pero trajeron un método de injerto que aún se enseña en los Cursos de Agricultura de Santa Marta. En la bodega comunitaria, el lagar de granito tiene un hoyo en el centro: allí se resbaló mi abuelo en 1958, se partió el incisivo y, aun así, pisó lo suficiente para llenar doce pipas. El prensado de madera sigue intacto; ahora sirve de foto los fines de semana.
Piedra, tonel y luz dorada
La iglesia parroquial es del siglo XVIII, pero lo que importa es que la puerta cruje exactamente igual que hace cincuenta años. El cura nuevo quiere cambiar el pestillo; la vieja doña Amélia se opone: “Eso son tonterías, padre, el ruido es lo que trae a la gente”. Dentro, el dorado del altar solo se enciende con la luz de las cinco de la tarde —la misma que iluminaba a mi abuelo cuando rezaba para que lloviera menos—. La capilla de Santo António, en el Casal, guarda un crucero con la fecha borrosa; cuentan que los peregrinos a Santiago paraban allí para cambiar pan y noticias. Hoy se intercambia más: recetas de bizcocho, chismes y, a veces, un número de la lotería clandestina.
Septiembre en fiesta y antorchas encendidas
El segundo domingo del mes es Nuestra Señora de los Remedios. La víspera, los críos recorren la calle con teas, aterrorizando gatos y turistas. El caldo de gallina se hace en olla de hierro y se sirve a cucharadas generosas —quien encuentra un trozo de palo en la sopa se considera afortunado, aunque nadie sepa por qué—. La broa es de Guida, que solo la hornea si su marido le trae el maíz de El Sequeiro el día de feria. La verbena empieza a las nueve y termina cuando el acordeonista se cansa: suele ser sobre la una, porque él mismo lleva al crío al colegio a las siete. En mayo se celebra el Festival da Flor, inventado por un ex-emigrante que volvió de Francia convencido de que “la cultura también sirve para vender licor de almendra”. Funcionó: los almendros se llenan de iPhones, pero el licor se agota.
Mesa de raíz y horno de leña
El cabrito entra al horno a las seis de la mañana; quien lo vigila lleva un chupito de bagazo “para dar valor al fuego”. La escoba de carqueja se recoge después de San Juan, se seca en el desván y reaparece en el arroz con ese amargor que hace estornudar al forastero. En octubre, la sopa de castañas es espesa como barro —se come de pie, porque nadie tiene paciencia para sentarse—. Los bolinhos de noiva son truco antiguo: la masa es la misma que los queijinhos do céu, pero el relleno es dulce de yema de doña Rosa, que vende el tarro a 3 € y asegura que el secreto es “no tener prisa ni marido pesado”. La jeropiga se bebe en silencio, porque quien habla demasiado termina soltando lo que no debe.
El río que fluye despacio
El Varosa es así: no es grande, pero se arregla. Sus “playas” de pizarra son tres piedras y media, pero bastan para que los niños aprendan a nadar mientras los padres vigilan con una cerveza en la mano. El sendero empieza detrás de la taberna de Quim: si vas a las diez, aún huele al pan que dejó fermentar dentro del coche por falta de espacio en la cocina. Son ocho kilómetros, se cruzan tres molinos y un puente que todos dicen romano —nadie lo sabe a ciencia, pero sirve para cobrar un euro a los alemanes—. En el mirador de la Senhora do Monte se ve todo el Duero; lleva agua y chaqueta, porque el viento engaña.
Cuando el sol cae, la concertina calla. Quedan las cubas junto al lagar y Zé Manel guardando el instrumento en la caja de cartón donde su mujer guarda las galletas. Caen las últimas uvas, la pizarra enfría, pero el olor permanece: es lo que llamamos “el perfume de Figueira”, aunque nadie consiga venderlo en botella.